21 Feb 2013

La Ventura de llamarse Fernando




«La mentira, es decir, el relato de las bellas cosas falsas, constituye el fin mismo del arte.» 

La importancia de llamarse Ernesto 
(Oscar Wilde)


Fernando Ventura también miente, a su manera, cuando relata una realidad de que de bello no tiene ni un pelo. La realidad de Fernando no es bella. Su realidad es una realidad peluda: lo que tiene es vello, no bello. Fernando Ventura hace arte. A pelo. Y sin embargo, el fin de su arte no es el relato en sí mismo, como dice Oscar Wilde, sino la mera contrucción de un salvavidas.

Fernando Ventura tiene un nombre que es una paradoja. O tal vez no. A él supongo que no se le ha ocurrido nunca. O tal vez sí, quién sabe.

Fernando vive en la calle, «hace la calle» desde hace tiempo. Fernando es uno de esos a los que el lenguaje descarnado del pueblo ha llamado desde siempre «pobres» y a los que hoy se les llama «sin techo» —a la espera de que en la Real Casa de la Hipocresía, donde desde hace un par de siglos se acuñan las palabras de la desigualdad, salga un término mejor, que dé aún menos miedo pero que cree aún más distancia de los que pobres no lo son.

Fernando vive la desventura de no tener —repito sus mismas palabras: "no tengo novia, no tengo dinero, no tengo nada"— y  al servidor que escribe esto el llamarse Ventura de este Fernando se le antoja como una mala broma de algún dios burlón (y gilipollas, como todos los dioses). Sin embargo Fernando se llama Fernando. Y si los nombres algo tienen que ver con la persona que los lleva —Fernando quiere decir, lo dice Santa Wikipedia «vida aventurera» o «el que se atreve a todo por la paz»— éste es seguramente su caso.


Fernando es un outsider. No es sólo un marginado, sino un verdadero outsider. Y lo que hace, ya que nos permitimos darle una etiqueta, es lo que desde hace un tiempo p'acá se viene llamando Arte Outsider, or Art brut, ya que el término lo acuñó un francés, Dubuffet.

Fernando retrata caras. De conocidos, de gente de la calle —gente que hace la calle y pone al descubierto las miserias que muchos no queremos ver— y lo hace desde dentro. No te saca el alma, ni lo pretende. Sino que saca su alma, y la vierte sobre todo papel dibujable que encuentra por ahí (y a veces compra). Si Fernando te retratara, no te reconocerías, porque en todos sus retratos Fernando se retrata a sí mismo. En cada trazo de carbón hay un miedo, una congoja, una risa sardónica, una vibración cósmica, de ese cosmos que es el mundo interior de uno, ese caos primigenio que cada uno tiene dentro, quiera o no quiera verlo. No sé, ni quiero saberlo,  que hay dentro de ese big-bang que se gesta continuamente en la psique de Fernando, como también en la tuya que estás leyendo esto, pero lo intuyo cuando me planto delante de sus retratos. Y lo que se intuye es algo que remueve, porque le pone a uno delante de su propia alma, de su propio continuo terremoto cósmico que  tiene lugar en nuestra propia psique. Uno podría decir que tiene algo de Munch, o de Bacon, pero si hay algo en lo que se le puede comparar a estos que acabo de mencionar es precisamente en eso: en esa cosa líquida, viscosa, ese caldo primordial hecho de miedos, de gritos silenciosos, de magma infernal que alimenta las peores pesadillas que invaden los sueños cuando algo destapa el vaso de Pandora de nuestras ánimas.


Sé algo de la vida de Fernando, de su período en un grupo punky, de sus noches y días alcóholicos (ya no bebe, desde que ha empezado a dibujar), de su insaciable hambre de palabras (Fernando devora libros, uno al día, en los siete largos lunes al sol que conforman su semana), pero su vida no es algo que yo vaya a relatar aquí, sin su permiso. Aquí sólo quiero enseñar algunos dibujos, con unas fotos sacadas con un teléfono en la Galería Alegría, en la Plaza de Cascorro de este Madrid capital que tanto extraño desde mi exilio Sevillano.


Los dibujos hablarán por sí solos. Pero las fotos son fotos. Hay que ir allí, en la Galería Alegría, y verlos. Y hablar con él, con ese hombre que tiene la Ventura de llamarse Fernando, y que miente tan bellacamente mezclando las caras de la gente y su alma en un combinado que no vais a encontrar en ningún bar. Ni en ninguna galería. Excepto en la Alegría, ésa que tiene la Ventura de tener a Fernando.

Para el que quiera saber más sobre Arte Outsider, aquí va una página que os va a deleitar: El hombre jazmín.

Ahí van los dibujos de Fernando (gracias al Hombre Jazmín por ceder algunos de ellos y por descubrirme a Fernando).








  


  




27 Nov 2012

Recorre los campos azules - Claire Keegan


«—Sí —dice el chino—. Usted problema.—¿Mi problema? El chino asiente. —No tengo problema —dice el sacerdote.
El chino se ríe; comprende que eso es lo que dice la gente que tiene problemas.»

De alguna manera, Hemingway era irlandés. Tenía yo unos trece años cuando leí por primera vez un libro de relatos escritos por él. Era uno de los cinco libros que había en esa casa que fue y sigue  siendo la casa de mis padres. Por entonces —eso lo sabía bien yo porque mi madre no se cansaba de decirnoslo— no había dinero en casa. Tal vez por eso no había más libros que esos cinco. Aunque, eso sí, padre leía todo lo que le cayera en mano. Yo, por el afán de poseer los libros que leía, aprendí lo que más tarde reprobaría: a robar libros en la biblioteca pública. De los cinco libros —Naná, Crimen y castigo, El jugador, El asno de oro, los primeros cuatroaquel libro titulado Los cuarenta y nueve cuentos fue el primer libro de Hemingway que leí. Y mi primer libro de relatos, también. A mí la cara que aparecía en la foto de la contraportada, barbuda y canosa, se me antojó irlandesa desde el primer día. Yo no sabía nada de Irlanda. Sólo que tenía casi la misma bandera que Italia y que (tal vez alguna peli o algo que leí) tenía que ser brumosa y triste.

Era, pues, precisamente en ese territorio donde me instalaban los relatos de Hemingway: en una tierra de tristeza honda, vieja como el mundo; una tristeza cosida a la piel misma del hombre, de ese hombre al que la Gran Madre o el Gran Padre le ha regalado en su mismo nacimiento un patrón para aprender a morir. Una interpretación de la vida en la que el nacimiento es el punto máximo vital, desde donde todo lo que sigue implica caída, decadencia. De eso, claro, me di cuenta después.

Los relatos de Claire Keegan —que de alguna manera es estadounidense, así como Hemingway es de alguna manera irlandés— me vuelven a instalar en ese mundo. Un mundo que ahora se comprende mucho más que antes no sólo porque el niño que leía a Hemingway ha crecido y reconoce ese dolor descarnado sino también porque Claire Keegan —quien ha aprendido del maestro la lección del contar y añade a lo que podría parecer un Hemingway irlandés una buena dosis de un controlado lirismo en tono menor— despoja su narrativa de toda aquella tensión de superhombría lanzada (y frustrada) hacia el futuro de los relatos de Hemingway. En Recorre los campos azules todo es un puro presente exento de cualquier esperanza: la vida de la Irlanda rural contemporánea aparece expuesta en todo su descarnado vigor (un vigor cansado y triste. Un vigor "Solitario, trite y final", como dice Osvaldo Soriano). Claire Keegan nos enseña sin pudor las entrañas sucias de una sociedad rural donde el abuso familiar y el incesto, la soledad y el alcohol, los sueños rotos y los matrimonios sin salida se mezclan en un extraño y melancólico connubio con la quietud del paisaje.

Ecribir sobre el fracaso, los sueños abortados y sobre todo sobre la soledad se ha vuelto ya un lugar común en lo que va de siglo. No hay libro de ningún escritorzuelo posmoderno que no trate, de una manera o de otra, la soledad: de alguna manera el tipo de personaje que vive en soledad a pesar de estar continuamente metido incluso en una vida frenética, configura por sí solos uno de los pilares de la literatura posmoderna. Pero en toda esta literatura este personaje se ha vuelto ya una masa indiferenciada. Claire Keegan, al contrario, no nos habla de la soledad. No escribe sobre la soledad. Sino que «escribe la soledad».

Hay algo más que me fascina en los relatos de Keegan: lo tradicional y la subversión de lo tradicional. Claire cuenta sus relatos elidiendo voluntariamente las referencias temporales. Uno pude imaginarse que las historias entán ambientadas en los 70 u '80 o hasta los '90, pero no hay ninguna referencia a ello. Y esto genera un ambiente que aunque no llega a ser ni atemporal ni fantasmagórico, sí le confiere un algo de fabuloso. Pero algo fabuloso entendido en el sentido mismo de fábula: un aire de cuento tradicional contado por una abuela delante de la chimenea. Sin embargo, Keegan lo subvierte todo, le da la vuelta del revés: mientras ese tono de fábula, lírico, confiere a los relatos un aire de tradicición, al mismo tiempo consigue un distanciamiento que convierte el relato casi en una mirada antropológica sobre los personajes, impidiendo en muchos casos una conexión emocional profunda. Y esto genera cierto desasosiego: el desasosiego del espectador que se encuentra delante de una ventana abierta desde la que se ve el dolor, la soledad, la tristeza pero que apuesta, más que a la identificación con en el personaje, más que a crear una empatía elemental o intuitiva, a la comprensión.

«Ella decía que el autoconocimiento se hallaba en el extremo del habla. El propósito de la converación era encontrar lo que, de alguna manera, uno ya sabía. Creía que en toda conversación había un cuenco invisible. La conversación era el arte de poner palabras decentes en ese cuenco y sacar otras de allí. En una conversación amorosa, uno se descubría a sí mismo de la manera más amable y, al final, el cuenco volvía a estar vacío.»
Los dos fragmentos que he citado en este post no dan en absoluto la idea de lo que son los relatos del libro. Si los he copiado aquí es porque me gustan. Vienen, ambos, del mismo relato que da título al libro. Un gran relato, como el libro mismo: Recorre los campos azules.

Obviedad: si quieres tener una idea de lo que hay en el libro, léelo. Desde aquí te prometo que no te va a decepcionar.



4 Jul 2012

Mientras tanto, cógeme de la mano

Los libros que me gustan suelen soltarme la lengua. O los dedos, encima del teclado. Pero hoy ha ocurrido algo extraño: tengo la boca seca, la lengua hinchada, los dedos torpes. No debería de estar escribiendo, porque no va a haber el mínimo atisbo de magia en lo que escriba. Me he quedado, sencillamente, hueco de palabras, huero. Y, sin embargo —tozudo soy —quiero dejar constancia de ello. Y de lo que, creo, ha sido la causa.

Me descubren a un poeta. (Un regalo de G. De G de Gracias.) Me descubren una manera de contar la vida: Kirmen Uribe.

Os dejo en sus manos. O en sus palabras.

La isla

Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Desde la isla se oye un rumor lejano.

Vamos al agua desnudos.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Mira, el mar mueve la arena
como el viento mueve el trigo.
Bajo el agua te veo.
Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.
Me gusta tu pubis convertido en alga.

Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.
Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.
la misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.
Los segundos se confunden con los siglos y los siglos con los segundos.

Anémonas, salmonetes, erizos.
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.


Beso

Mis pechos son pequeños y mis ojos redondos.
Tus piernas, largas y frías
como el agua de la fuente.
Te mordisqueo el cuello,
lo tienes firme, inmaduro aún,
como una nuez recién caída.
Te pones arriba y me besas el vientre,
húmedas olas por toda mi piel,
ahora aquí, ahora allá, como las primeras gotas que caen
antes de que descargue la tormenta: pla, pla, pla.

Nos quedamos dormidos,
pecho y espalda se cierran
como unos labios tras un suspiro.


El río

En otro tiempo hubo un río aquí,
donde ahora hay bancos y losetas. 
Hay más de una docena de ríos bajo la ciudad, 
si hacemos caso a los más viejos. 
Ahora es sólo una plaza en un barrio obrero.
Y tres chopos son la única señal
de que el río sigue ahí abajo. 


En cada uno de nosotros hay un río oculto
a punto de desbordarse. 
Si no son los miedos, es el arrepentimiento. 
Si no son las dudas, la impotencia. 


Un viento del Oeste azota los chopos. 
La gente avanza a duras penas. 
Desde el cuarto piso una mujer mayor
está tirando ropa por la ventana: 
tira una camisa negra y una falda de cuadros
y un pañuelo de seda amarillo y unas medias
y aquellos zapatos que llevaba
el día de invierno que llegó del pueblo. 
Unos zapatos de charol, blancos y negros. 
Sus pies parecían avefrías heladas en la nieve. 
Los niños echan a correr tras la ropa. 
Al final, ha sacado su vestido de boda, 
se ha posado sobre un chopo, torpemente, 
como si fuera un pájaro grande. 


Se oye un ruido. Se asustan los traseúntes. 
El viento ha arrancado de cuajo uno de los chopos. 
Las raíces del árbol parecen la mano de una mujer mayor, 
que espera que cuanto antes otra mano la acaricie. 


[los poemas son del libro Mientras tanto cógeme de la mano, de Kirmen Uribe, Visor, 2002]