Somos ya pocos los que sabemos que la madre del ministro quería abortar. Yo trabajaba en el hospital, de mozo, limpiando, y se lo oí decir muchas veces.
Decía, la madre
del ministro, que odiaba "esa cosa" (lo decía, así, sin preposición:
sentía que aquéllo que llevaba ahí dentro no tenía ni el menor atisbo de
humanidad), y que Dios la perdonara, pero que aquello no lo quería, que
llevaba dentro un veneno, un engendro, algo asqueroso. Que ella lo que había querido era un hijo, y no esa cosa que llevaba en la barriga. A escondidas del
marido, decía, comía enteros manojos de perejil y luego se pegaba hostias a la barriga, esperando que aquéllo
muriera y se le provocara un aborto.
Luego se persignaba, dice, y
rezaba, pidiendo perdón al Todopoderoso y preguntándole que por qué, por
qué a ella, que por favor, por favor, sácame esto de aquí, ¿por qué me
das esta cruz?
Pero la cruz, decía la madre del
ministro, la tuvo que llevar hasta al final. Hasta el final de mi vida,
decía, tendré que llevarla. Y aquello nació. Y como cruz que era, decía
la madre del ministro, nació aquello cruzado.
Se
lo veía en los ojos, decía la madre del ministro. Se lo empecé a ver en los ojos
desde que nació: desde su primera mirada supe que él lo sabía, que sabía que era yo quien le daba
puñetazos a través de mi barriga. Se lo veía en los ojos que me odiaba. Igual que yo le odiaba a él. Se me fue
la leche, tenía los pezones en carne viva por las mordeduras de aquél engendro y aquéllo,
dios mío, me lamía la sangre. Se lo dije al cura y me dio cuarenta Ave
Marías y cuarenta Padre Nuestros.
Eso decía la madre del ministro.
Dicen
algunos, ahora (ahora que la mitad calla y la otra mitad espera en
silencio o sólo comenta la situación en voz baja y en casas de amigos y
confiados, ahora que todo lo feo ha ocurrido), dicen algunos que es por
eso que el ministro odiaba a las mujeres y creía que eran cosas y que
como cosas había que tratarlas, que pegaba a su mujer y que le habría
gustado pegarlas a todas. Ahora que las mujeres ya no pueden votar y
deben por ley obedecer a los maridos y pasar la primera noche de bodas
en una de las casas de los doce hijos del ministro —tal y como dice la
Nueva Biblia Reformada, que hace de texto sagrado amén que de
Constitución— ahora, en las noches de invierno, cuando nos reunimos en
los sótanos a la luz de las velas (hay que apagar la luz a las 10 y
media, hay que mantener las persianas siempre abiertas y cualquier tenue
halo de luz puede significar la visita intempestiva de la Brigada), cuando llega el momento de los cuentos, las madres, que son las encargadas —por ley— de ocuparse de los retoños, les cuentan a los niños que hay una palabra que no deben
pronunciar nunca, pues está prohibida. Y les cuentan que esa palabra
que han oído quién sabe dónde y que preguntan qué es, no es, como dice
papà, "algo que se puede comer pero que ya no existe", sino una palabra
mágica que hace que vengan los malos de la Brigada para llevarse a mamá y
papá, si se la oyen decir en la escuela.
Porque ésa
palabra, "trauma", es la palabra que no le gusta oír al ministro, que le
pone furioso, le transforma en algo muy feo. La psicóloga que, justo al
comienzo de "todo lo feo", había publicado un artículo diciendo que el
ministro tenía un fuerte trauma infantil, probablemente prenatal, por el
que había desarrollado varios complejos y síndromes al mismo tiempo (de
Faetón, de Zeus, de Cronos, y la variante de Edipo Violador) fue
encarcelada, torturada y justiciada al garrote vil.
Cuando las
velas se apagan, los niños se agarran a las faldas de la madre (a las
mujeres les está prohibido llevar pantalones, ahora) y se van a la cama
temblando. Antes de irnos a la cama, a los maridos nos hacen una paja,
porque así estamos tranquilos, que hijos ya hay demasiados y ahora que
incluso han prohibido la venta del film transparente (las parejas lo
utilizaban como preservativo, desde que aquellos se prohibieron) hay que
cortarse un poco.
Una vez al mes lo hacemos por detrás.
Pero no es lo mismo.
-----------------------------------------------------------
* Relato de ficción. Cualquier parecido de este relato con la realidad es mera coincidencia. De la misma manera, cualquier inferencia, deducción, conclusión, ilación, conexión, relación, derivación o conclusión que el lector pudiera crear y/o inferir a partir de este relato de ficción es producto de la mente y de la imaginación del propio lector.
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21 Dec 2013
27 Nov 2012
Recorre los campos azules - Claire Keegan
«—Sí —dice el chino—. Usted problema.—¿Mi problema? El chino asiente. —No tengo problema —dice el sacerdote.
El chino se ríe; comprende que eso es lo que dice la gente que tiene problemas.»
De alguna manera, Hemingway era irlandés. Tenía yo unos trece años cuando leí por primera vez un libro de relatos escritos por él. Era uno de los cinco libros que había en esa casa que fue y sigue siendo la casa de mis padres. Por entonces —eso lo sabía bien yo porque mi madre no se cansaba de decirnoslo— no había dinero en casa. Tal vez por eso no había más libros que esos cinco. Aunque, eso sí, padre leía todo lo que le cayera en mano. Yo, por el afán de poseer los libros que leía, aprendí lo que más tarde reprobaría: a robar libros en la biblioteca pública. De los cinco libros —Naná, Crimen y castigo, El jugador, El asno de oro, los primeros cuatro— aquel libro titulado Los cuarenta y nueve cuentos fue el primer libro de Hemingway que leí. Y mi primer libro de relatos, también. A mí la cara que aparecía en la foto de la contraportada, barbuda y canosa, se me antojó irlandesa desde el primer día. Yo no sabía nada de Irlanda. Sólo que tenía casi la misma bandera que Italia y que (tal vez alguna peli o algo que leí) tenía que ser brumosa y triste.
Era, pues, precisamente en ese territorio donde me instalaban los relatos de Hemingway: en una tierra de tristeza honda, vieja como el mundo; una tristeza cosida a la piel misma del hombre, de ese hombre al que la Gran Madre o el Gran Padre le ha regalado en su mismo nacimiento un patrón para aprender a morir. Una interpretación de la vida en la que el nacimiento es el punto máximo vital, desde donde todo lo que sigue implica caída, decadencia. De eso, claro, me di cuenta después.
Los relatos de Claire Keegan —que de alguna manera es estadounidense, así como Hemingway es de alguna manera irlandés— me vuelven a instalar en ese mundo. Un mundo que ahora se comprende mucho más que antes no sólo porque el niño que leía a Hemingway ha crecido y reconoce ese dolor descarnado sino también porque Claire Keegan —quien ha aprendido del maestro la lección del contar y añade a lo que podría parecer un Hemingway irlandés una buena dosis de un controlado lirismo en tono menor— despoja su narrativa de toda aquella tensión de superhombría lanzada (y frustrada) hacia el futuro de los relatos de Hemingway. En Recorre los campos azules todo es un puro presente exento de cualquier esperanza: la vida de la Irlanda rural contemporánea aparece expuesta en todo su descarnado vigor (un vigor cansado y triste. Un vigor "Solitario, trite y final", como dice Osvaldo Soriano). Claire Keegan nos enseña sin pudor las entrañas sucias de una sociedad rural donde el abuso familiar y el incesto, la soledad y el alcohol, los sueños rotos y los matrimonios sin salida se mezclan en un extraño y melancólico connubio con la quietud del paisaje.
Ecribir sobre el fracaso, los sueños abortados y sobre todo sobre la soledad se ha vuelto ya un lugar común en lo que va de siglo. No hay libro de ningún escritorzuelo posmoderno que no trate, de una manera o de otra, la soledad: de alguna manera el tipo de personaje que vive en soledad a pesar de estar continuamente metido incluso en una vida frenética, configura por sí solos uno de los pilares de la literatura posmoderna. Pero en toda esta literatura este personaje se ha vuelto ya una masa indiferenciada. Claire Keegan, al contrario, no nos habla de la soledad. No escribe sobre la soledad. Sino que «escribe la soledad».
Hay algo más que me fascina en los relatos de Keegan: lo tradicional y la subversión de lo tradicional. Claire cuenta sus relatos elidiendo voluntariamente las referencias temporales. Uno pude imaginarse que las historias entán ambientadas en los 70 u '80 o hasta los '90, pero no hay ninguna referencia a ello. Y esto genera un ambiente que aunque no llega a ser ni atemporal ni fantasmagórico, sí le confiere un algo de fabuloso. Pero algo fabuloso entendido en el sentido mismo de fábula: un aire de cuento tradicional contado por una abuela delante de la chimenea. Sin embargo, Keegan lo subvierte todo, le da la vuelta del revés: mientras ese tono de fábula, lírico, confiere a los relatos un aire de tradicición, al mismo tiempo consigue un distanciamiento que convierte el relato casi en una mirada antropológica sobre los personajes, impidiendo en muchos casos una conexión emocional profunda. Y esto genera cierto desasosiego: el desasosiego del espectador que se encuentra delante de una ventana abierta desde la que se ve el dolor, la soledad, la tristeza pero que apuesta, más que a la identificación con en el personaje, más que a crear una empatía elemental o intuitiva, a la comprensión.
«Ella decía que el autoconocimiento se hallaba en el extremo del habla. El propósito de la converación era encontrar lo que, de alguna manera, uno ya sabía. Creía que en toda conversación había un cuenco invisible. La conversación era el arte de poner palabras decentes en ese cuenco y sacar otras de allí. En una conversación amorosa, uno se descubría a sí mismo de la manera más amable y, al final, el cuenco volvía a estar vacío.»
Los dos fragmentos que he citado en este post no dan en absoluto la idea de lo que son los relatos del libro. Si los he copiado aquí es porque me gustan. Vienen, ambos, del mismo relato que da título al libro. Un gran relato, como el libro mismo: Recorre los campos azules.
Obviedad: si quieres tener una idea de lo que hay en el libro, léelo. Desde aquí te prometo que no te va a decepcionar.
4 Jul 2012
Mientras tanto, cógeme de la mano
Los libros que me gustan suelen soltarme la lengua. O los dedos, encima del teclado. Pero hoy ha ocurrido algo extraño: tengo la boca seca, la lengua hinchada, los dedos torpes. No debería de estar escribiendo, porque no va a haber el mínimo atisbo de magia en lo que escriba. Me he quedado, sencillamente, hueco de palabras, huero. Y, sin embargo —tozudo soy —quiero dejar constancia de ello. Y de lo que, creo, ha sido la causa.
Me descubren a un poeta. (Un regalo de G. De G de Gracias.) Me descubren una manera de contar la vida: Kirmen Uribe.
Os dejo en sus manos. O en sus palabras.
La isla
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Desde la isla se oye un rumor lejano.
Vamos al agua desnudos.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Mira, el mar mueve la arena
como el viento mueve el trigo.
Bajo el agua te veo.
Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.
Me gusta tu pubis convertido en alga.
Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.
Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.
la misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.
la misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.
Los segundos se confunden con los siglos y los siglos con los segundos.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Beso
Mis pechos son pequeños y mis ojos redondos.
Tus piernas, largas y frías
como el agua de la fuente.
Te mordisqueo el cuello,
lo tienes firme, inmaduro aún,
como una nuez recién caída.
Te pones arriba y me besas el vientre,
húmedas olas por toda mi piel,
ahora aquí, ahora allá, como las primeras gotas que caen
antes de que descargue la tormenta: pla, pla, pla.
Nos quedamos dormidos,
pecho y espalda se cierran
como unos labios tras un suspiro.
El río
El río
En otro tiempo hubo un río aquí,
donde ahora hay bancos y losetas.
Hay más de una docena de ríos bajo la ciudad,
si hacemos caso a los más viejos.
Ahora es sólo una plaza en un barrio obrero.
Y tres chopos son la única señal
de que el río sigue ahí abajo.
En cada uno de nosotros hay un río oculto
a punto de desbordarse.
Si no son los miedos, es el arrepentimiento.
Si no son las dudas, la impotencia.
Un viento del Oeste azota los chopos.
La gente avanza a duras penas.
Desde el cuarto piso una mujer mayor
está tirando ropa por la ventana:
tira una camisa negra y una falda de cuadros
y un pañuelo de seda amarillo y unas medias
y aquellos zapatos que llevaba
el día de invierno que llegó del pueblo.
Unos zapatos de charol, blancos y negros.
Sus pies parecían avefrías heladas en la nieve.
Los niños echan a correr tras la ropa.
Al final, ha sacado su vestido de boda,
se ha posado sobre un chopo, torpemente,
como si fuera un pájaro grande.
Se oye un ruido. Se asustan los traseúntes.
El viento ha arrancado de cuajo uno de los chopos.
Las raíces del árbol parecen la mano de una mujer mayor,
que espera que cuanto antes otra mano la acaricie.
[los poemas son del libro Mientras tanto cógeme de la mano, de Kirmen Uribe, Visor, 2002]
10 May 2012
The Freedom of Jonathan Franzer
Whenever a character of a novel (or a real person) believe that they are the ultimate realist in a culture of savage realism, they loose their credibility: we don't believe them
(me myself)
Let's dedicate some time to this. Mmhhmmm... As I've finished to write this sentence, a question comes up from the very bottom of my brain: look, it's 40 ºC (that's it: it's bloody hot) and are you sure you want to use your time to write about this book? Why?
The answer: my house is a mess and if I don't seat here writing something I'll feel compelled to start cleaning and unmessing all this. And it's —really— too hot. And also: David gave me this book, and in some way I have to tell him that... well, let's tell it to him with some few more words.
When I first received the book I didn't even know this Jonathan Franzer. Googled it and found out he won in 2001-2002 —just to mention a couple of them— the National Book Award for Fiction and the Pulitzer Prize for Fiction. A best-selling and high-rated author. I do not normally read books reviews before reading a book, so I just decided to deep my head on it and see. Bad choice. Very bad choice (sorry, David).
I'll try to be brief. First to be said: I haven't finished the book. And I do not know if I will actually finish it. Now, this guy is an excellent writer. I mean, He knows English and he know how to use it. So you start the novel and you decide (English is obviously not my first —not even the 2nd— language, as you can easily understand from my writing) that it's harmless and an easy read. Enjoyable. An it gets a point. Then you go on reading and you find yourself there, in some way: the pop culture references (I'm 41) which makes you feel this is a story of truly today's world.
But one goes on thinking that the novel wants, in some way, to be a post-modern Tolstoy's vindication (there are more than one reference to Tolstoy, here) but as one perseveres through it, gets more and more perplexed. This wants to be a realistic XXI century novel. And it fails in it. It really fails.
In a post-modern environment, where we are flooded with 24-hours information, a realistic novel cannot aspire to be the herald of the reality, and not even to merely describe it —we know it, we already understand what reality is, we live it, we are inundated with information about reality— but, in some way, it has to transcend it, to put reality on a place where it can be denied, and not just been swallowed as it is. Realistic novels (from Victor Hugo to Anna Karenina to Don DeLillo... not to speak about Thomas Pynchon, but perhaps I'm driving it too far with Pynchon) implicitly raises concern about how fucked up reality is.
And this novel, titled Freedom, which is supposed to be
«[...] about how we use and abuse our freedom; about the beginning and ending of love, teenage lust, the unexpectedness of adult life; why we compete with our friends; how we betray those closest to us; and why things almost never work out as they "should". It's a story about the human heart, and what it leads to us to do to ourselves and each other.»
express in my very personal vision no concern about freedom. Not at all. The problem of realism in Victor Hugo, in Émile Zola was precisely the freedom, or, better said, the lack of freedom and you could "feel it". And that "feeling" was the hardest criticism to the human condition in that reality.
Now, it actually seems that Franzen does not even aspire to criticize reality. It really seems he has nothing to criticize. He seems to be fine with almost everything (you could say here that he merely report the uneasiness of reality and that this becomes a criticism by itself, but no: you do not even get this feeling). In some easy way I could say that everything its reproduced superficially. And here it comes to the superficiality of the characters. The portrayal of the characters is just non-believable. They vacillate in between the cliché, the "genericality" (I've just invented it, but I couldn't find a better word) and an unbelievable artificial way of expressing themselves: the dialogues —most of them— are just not credible (I've to admit that at the very beginning of the novel, I thought the contrary).
Franzen don't even try to give them different voices: the chapters of Patty's autobiography (almost 200 pages) are not spoken with Patty's voice (if it exists). It's Franzen here speaking with his own voice, the same tedious voice which accompanies you through all the book (at least till the page I am reading at the moment).
It's 21:37, now. My house is still a mess (I promise: this weekend I'll dedicate myself to it) and temperature... is still around 35. My pamphlet has come to his end (not too interesting, I guess) and I will sit outside and read a bit more. Now I feel a bit more free.
22 Mar 2012
De los diamantes no nace nada
No encontrarás la puerta: cayeron todas ya.
No hay gozne, ni bisagra: se las llevaron las chacalas
(o las tiré yo, por falta de quicios donde incrustarlas).
Ya no duele (casi) nada: el dolor requiere agarre,
una llaga donde hurgar, una grieta en el muro,
y aquí no hay más que escombros.
[y alguna que otra caca de perro]
Y sin embargo.
Llevo ya tanto año mascando este polvo
que he aprendido, mirando lentamente,
que abonar un descampado con diamantes
lo deja yermo.
De los diamantes no nace nada.
De la mierda, nacen flores.
Y puertas.
Abiertas.
18 Dec 2011
A-Dios
[...]
y si lo pienso,
habría querido convidar a Dios
para que presidiera nuestra mesa,
a Dios pero sin verbo
sin prodigio
y sólo para yo saber,
que Dios está en todas partes:
también en ese plato de cebollas que te pongo delante,
como postrera tentativa
de percibir la sombra de una lágrima en tu rostro,
una mínima ficción de sentimiento
y tener a Dios, ese Dios del que me hablaste,
como testigo.
(Gracias a Andrea Conte Botero por el hermoso verso que me ha abierto la boca, y guiado mis dedos sobre el teclado)
y si lo pienso,
habría querido convidar a Dios
para que presidiera nuestra mesa,
a Dios pero sin verbo
sin prodigio
y sólo para yo saber,
que Dios está en todas partes:
también en ese plato de cebollas que te pongo delante,
como postrera tentativa
de percibir la sombra de una lágrima en tu rostro,
una mínima ficción de sentimiento
y tener a Dios, ese Dios del que me hablaste,
como testigo.
(Gracias a Andrea Conte Botero por el hermoso verso que me ha abierto la boca, y guiado mis dedos sobre el teclado)
14 Nov 2011
Dime por qué todavía te deseo
Uno no debería leer poesía después de medianoche. Sobre todo, uno no debería leer esos libros en los que ya sabe qué es lo que se va a encontrar. Me pasa que cojo un libro de poemas de Cortázar, al que vuelvo, de vez en cuando, con ese placer un poco masoca, en noches como ésta. Noches en las que a uno le duele una mujer en todo el cuerpo, como decía Borges.
Dime por qué todavía te deseo, por qué tu nombre vuelve
como el hacha a la herida en una amarga visitación de medianoche;
[...]
por qué me basta componer un mecanismo elemental de sílabas,
marcar en el cogollo de la niebla las cifras de tu nombre,
para que solitariamente
me agobie la esperanza de una menuda migración de dedos por mi pelo,
de una fragrancia en donde habita el musgo.
jc
Y entonces me dejo barba encima de la que ya tengo, me imagino grandullón como lo fue Julio, y me sale una voz como la de Tom, el que está aquí abajo y que canta por mí -en mi lugar- p-r-e-c-i-s-a-m-e-n-t-e lo que yo quiero cantar.
Dime por qué todavía te deseo, por qué tu nombre vuelve
como el hacha a la herida en una amarga visitación de medianoche;
[...]
por qué me basta componer un mecanismo elemental de sílabas,
marcar en el cogollo de la niebla las cifras de tu nombre,
para que solitariamente
me agobie la esperanza de una menuda migración de dedos por mi pelo,
de una fragrancia en donde habita el musgo.
jc
Y entonces me dejo barba encima de la que ya tengo, me imagino grandullón como lo fue Julio, y me sale una voz como la de Tom, el que está aquí abajo y que canta por mí -en mi lugar- p-r-e-c-i-s-a-m-e-n-t-e lo que yo quiero cantar.
4 Nov 2011
Sinking in the rain - A love story
My beloved A.
I'm writing you now, because I don't know when I'll stop being able to write. Everything is changing so quickly. Speaking is already very difficult and most of the words I pronounce sound unintelligible. Vowels, mostly, have disappeared, turned into a confuse almost monotone sound, a babble, an incomprehensible mumbling. I know it's because of the gills. They started growing yesterday night. I thought it was a little wound just behind the ear and at the beginning couldn't understand how I had it (It didn't hurt at all).
I'm writing you now, because I don't know when I'll stop being able to write. Everything is changing so quickly. Speaking is already very difficult and most of the words I pronounce sound unintelligible. Vowels, mostly, have disappeared, turned into a confuse almost monotone sound, a babble, an incomprehensible mumbling. I know it's because of the gills. They started growing yesterday night. I thought it was a little wound just behind the ear and at the beginning couldn't understand how I had it (It didn't hurt at all).
After the theatre I didn't want to walk under the rain. But you insisted so strongly —«I don't want to take a taxy and participate in polluting this world»— I couldn't help accepting your way. I got upset for a little while: it was raining so badly and I felt you were not at all taking into consideration my desire. It was a long walk —let it flow, Emi, i told myself, let it flow, be like water, my friend....— and by the end of it, I had even started feeling comfortable under the heavy rain, wet to the bones.
I was soaked when I arrived home, and I
went to the bathroom to take a shower. Under the shower I felt
particularly well, at ease (I've possibly never felt like this, and, if I
had, I don't remember it): water was like a caress, and I suddenly had
the strong desire to be in the hammam, or in a warm, transparent sea.
When I left the shower and started drying myself, I suddenly felt a
strong sense of oppression in my chest, something like suffocation or
anxiety, almost bordering on panic. I had to stop. The towel was soaked,
and me too, still. I went back to the shower, regulated the water
temperature and rapidly entered again the fluffy, incredibly pleasant
feeling I experienced before.
I slept on the shower, on a wet cushion.
The morning dawned rainy. I had a tea, and take the bicycle and cycled under the rain. I realised I couldn't pronounce vowels when I said «gwwd mwrnng» to Antonia, at the reception. She looked at me strangely. Switching on the pc I realised that a little membrane has started growing between each finger. It has a very nice colour, between transparent pink and translucent greenish.
I'd like to see you once more, before I start swimming down the river, to reach the sea.
yours, with love.
I slept on the shower, on a wet cushion.
The morning dawned rainy. I had a tea, and take the bicycle and cycled under the rain. I realised I couldn't pronounce vowels when I said «gwwd mwrnng» to Antonia, at the reception. She looked at me strangely. Switching on the pc I realised that a little membrane has started growing between each finger. It has a very nice colour, between transparent pink and translucent greenish.
I'd like to see you once more, before I start swimming down the river, to reach the sea.
yours, with love.
Emi
1 Nov 2011
I cannot help it. No lo puedo evitar.
Te escribo un verso a veces,
y quickly se lo traga esta pantalla tan voraz;
(que luego parpadea, como esperando más comida).
Y mira que estoy triste
y pongo cara de poeta,
es decir, como inspirado, (así me veo
lavándome los dientes, de mañana),
y al final me río (pero no es verdad):
¿qué será esto de quererte en times new roman,
de añorarte en casablanca,
de asir tu sombra a un chip?
Me doy un paseo.
Hace buen día y quiero ver a gente.
Tomo un café, me quito un moco, miro un ardilla en el parque.
¿para qué desearte si mañana iré a comprarme huevos frescos?
Es fácil aplaudir la pieza nueva
solamente que te asomas en cada esquina,
solamente que jorobas cada copa,
solamente que me dueles la cabeza
y hasta el moco.
No me sirve.
Y vuelvo a la pantalla como al trullo,
camisa a rayas, pero en régimen abierto,
pidiendo libertad con el versito que se traga.
Quizá la libertad consista en eso,
en digitalizarte el alma, pasarte por el chip,
como por una piedra virtual.
No sé si te crezco o te desato en tanto tinte de memoria,
máxime sabiendo,
que pienso en tí como una ciega máquina.
Es mi pasión, mi Gólgota
volver a empezar a quererte otra vez
encontrándote en el té de la mañana.
Y tener que acordarme de este olvido que sube para nada,
en el versito que aparece en la pantalla.
I cannot help it.
No lo puedo evitar.
Y no lo evito.
y quickly se lo traga esta pantalla tan voraz;
(que luego parpadea, como esperando más comida).
Y mira que estoy triste
y pongo cara de poeta,
es decir, como inspirado, (así me veo
lavándome los dientes, de mañana),
y al final me río (pero no es verdad):
¿qué será esto de quererte en times new roman,
de añorarte en casablanca,
de asir tu sombra a un chip?
Me doy un paseo.
Hace buen día y quiero ver a gente.
Tomo un café, me quito un moco, miro un ardilla en el parque.
¿para qué desearte si mañana iré a comprarme huevos frescos?
Es fácil aplaudir la pieza nueva
solamente que te asomas en cada esquina,
solamente que jorobas cada copa,
solamente que me dueles la cabeza
y hasta el moco.
No me sirve.
Y vuelvo a la pantalla como al trullo,
camisa a rayas, pero en régimen abierto,
pidiendo libertad con el versito que se traga.
Quizá la libertad consista en eso,
en digitalizarte el alma, pasarte por el chip,
como por una piedra virtual.
No sé si te crezco o te desato en tanto tinte de memoria,
máxime sabiendo,
que pienso en tí como una ciega máquina.
Es mi pasión, mi Gólgota
volver a empezar a quererte otra vez
encontrándote en el té de la mañana.
Y tener que acordarme de este olvido que sube para nada,
en el versito que aparece en la pantalla.
I cannot help it.
No lo puedo evitar.
Y no lo evito.
31 Jul 2011
En los bares nunca llueve: una lectura.
He tardado un tiempo (terminé la novela hace ya más de un mes) antes de ponerme a escribir esto. Mediaron, entre medias (no las de nylon que tanto enredaron a João) varios pequeños, algunos triviales —y otros no tan pequeños ni triviales— acontecimientos: el mayor tal vez haya sido la visita y estancia de mis padres con hermana separada y sobrinita terremoto a lo largo de casi dos semanas. Y luego una vuelta Sevilla-Galicia-Madrid para visitar a los amigos, que uno los tiene desperdigados por ahí, y como sin amigos a servidor se le hace la vida bastante triste, solitaria y final, como dijo aquella vez el Grande Marlowe, en El largo adiós:
Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.
Qué les voy a contar. Volvía de la presentación de la novela en Madrid, cuando empecé a leerla, sentado en el Ave rumbo a una Sevilla calurosa e inhóspita. No estaba yo de mi mejor ánimo: nunca me gustó ir sentado de espaldas en un vagón. Como escribió un muy amigo mío, hace años, «[sentado de espaldas en un vagón] se te va escapando el paisaje, y siempre es tarde para ver lo que venía». Cosas de uno. En fin, que me puse a leer la novela. Se lo debía al autor, tal Luis Zaragoza, quien me hizo reír esa noche cuando en la presentación tomó palabra diciendo «Ésta es mi primera novela. Y no os va a cambiar la vida». Digamos que es un manera de hacer un pay-back, o en cristiano, de pagarle a uno lo que se ha ganado. Porque, ustedes lo saben bien, reírse, con los tiempos que corren, es algo tan preciado como un buen plato de peras al vino. Eso dijo el tal Luis y yo voy al grano y os lo digo ya, (luego vendrán más detalles):
- tenía razón (él) .
- empecé a leer y no pude parar hasta acabarla.
Ahora bien. Aún tenía la novelita entre las manos y aún no se habían evaporado las últimas sílabas de la última línea de la última página cuando me quedé mirando otro paisaje, el de los tejados que se ven desde mi terraza sevillana —el trayecto se había hecho corto, con el librito entre las manos— y me pregunté: «¿qué - es - esto?»
«Esto» se refería a la novela. Porque novela, lo que se dice novela, pues no, no lo era. Y sin embargo se había hecho leer —lo había pedido a gritos— como tal. Lo cual, todo hay que decirlo, le confunde un poco a uno.
Me acordé de las palabras del autor, la noche anterior. Y, por si acaso, porque uno nunca sabe (por lo delpoder mágico de las palabras) me miré alrededor: ésa era mi casa, mi terraza con mis plantas aromáticas y los ficus y los tiestos de albahaca (para ensaladas, que no para mosquitos, como se estila por aquí… es que hay que ser bárbaro…)… Todo seguía igual: el salón seguía siendo un caos de papeles, libros y esa caja de preservativos en la que guardo los tickets de la compra del mes (controlo mis gastos) encima de la estantería; mi ex-novia seguía sin dar señales de vida, mi intestino seguía dándome problemas cuando mezclaba fruta con la comida, y, por seguir, yo me seguía despertando por la mañana con una necesidad apremiante de seguir durmiendo y olvidarme del mundo… en fin, la novela… bueno, esa “cosa lecturabilis” del tal Zaragoza no me había cambiado la vida. No.
Como no me gusta que lo externo me perturbe (llevo un tiempo leyendo libros de crecimiento espiritual) y quiero ser consciente en cada momento de lo que me pasa y siento, decidí apoyar el libro en la estantería y esperar un rato.
Dejé que reposara unos 40 días (lo mínimo para que el alcohol le saque a la cáscara del limón lo necesario para preparar un limoncello decente, allá por mi terruño donde el limoncello y todo lo relacionado con el mismo es suma de sabiduría popular y compendio de fundamentos filosóficos sobre el arte de vivir) y, al cabo de ese tiempo volví a preguntármelo. Eso pasó ayer.
Pero no supe contestarme. Así que me puse a escribir, a ver si, manotoneando en la oscuridad o sencillamente dándole a la tecla llegaba a sacar algo en claro. A eso voy.
No es una novela. Ni pretende serlo, según dice el autor. Y sin embargo nos cuenta una historia. Pero una historia que, de alguna manera, se cuenta por omisión, por falacia, por ausencia. Porque del tal João Siniestro, persona por antonomasia, no sabemos casi nada. Hay algo oscuro en él, pero parece que ni él se da cuenta y, seguramente, no se dan cuenta de ello todas las mujeres con las que se encuentra (o tal vez sí… y de ser así tendré que revisar toda mi teoría y praxis seductoria y vivencial y darle un toque de oscuridad siniestra a mi perfil). Porque —eso sí— si de João vamos intuyendo cosas muy poco a poco, mucho más sabemos de sus mujeres (incluyamos aquí la madre, porque mucho de Edipo hay aquí). Y de los otros personajes que van apareciendo y desapareciendo a lo largo de la(s) historia(s): todos un poco farsantes, todos un poco huyendo de sí mismos (tal vez como el mismo João, pero de otra manera) y todos con un carboncillo en la mano, contribuyendo con sus trazos a delinear —otra vez, en ausencia, con el blanco, más que con la negrura del trazo— un perfil psicológico que el autor ha querido (o tal vez simplemente le ha salido así y ni se ha dado cuenta) dejar abierto e inconcluso.
El libro tiene también sus puntos flojos: una primera novela (…ejem… ¿novela?) siempre los tiene. Y luego vienen los gustos, claro. Para mi gusto, por ejemplo, hay momentos en los que se le ve el adjetivo “novel” al escritor: ciertos pasajes superfluos o explicativos, ciertas caídas de tensión… pero eso pasa en las mejores familias. Y luego, insisto, se trata de una primera… ¿novela? Los de la editorial dicen que pertenece al género del junk delighting —deleite basura—, lo cual nos viene a decir que sería algo así como el Burger King de la literatura. Y, todo hay que decirlo, no hay nada como una buena hamburguesa de madrugada después de una noche de juerga, ¿no?
Me paro un momento, releo lo escrito y veo el guiño. Sabía yo que dándole a la tecla habría… dado con la tecla... (que por eso lo hago, quiero decir, lo de darle a la tecla....ehhmm).
La huida, allí está la respuesta. La huida, ésa que siempre te vuelve a llevar a la encrucijada de la que partías, es un poco el trasfondo de esta… ejem… «novela». Acabo de darme cuenta ahora.
Y cuanto más lo piense, os soy sincero, más me convenzo de algo: creo que ni el autor se ha dado cuenta. Él también está huyendo. Un poco como todos.
«Esto» se refería a la novela. Porque novela, lo que se dice novela, pues no, no lo era. Y sin embargo se había hecho leer —lo había pedido a gritos— como tal. Lo cual, todo hay que decirlo, le confunde un poco a uno.
Me acordé de las palabras del autor, la noche anterior. Y, por si acaso, porque uno nunca sabe (por lo delpoder mágico de las palabras) me miré alrededor: ésa era mi casa, mi terraza con mis plantas aromáticas y los ficus y los tiestos de albahaca (para ensaladas, que no para mosquitos, como se estila por aquí… es que hay que ser bárbaro…)… Todo seguía igual: el salón seguía siendo un caos de papeles, libros y esa caja de preservativos en la que guardo los tickets de la compra del mes (controlo mis gastos) encima de la estantería; mi ex-novia seguía sin dar señales de vida, mi intestino seguía dándome problemas cuando mezclaba fruta con la comida, y, por seguir, yo me seguía despertando por la mañana con una necesidad apremiante de seguir durmiendo y olvidarme del mundo… en fin, la novela… bueno, esa “cosa lecturabilis” del tal Zaragoza no me había cambiado la vida. No.
Como no me gusta que lo externo me perturbe (llevo un tiempo leyendo libros de crecimiento espiritual) y quiero ser consciente en cada momento de lo que me pasa y siento, decidí apoyar el libro en la estantería y esperar un rato.
Dejé que reposara unos 40 días (lo mínimo para que el alcohol le saque a la cáscara del limón lo necesario para preparar un limoncello decente, allá por mi terruño donde el limoncello y todo lo relacionado con el mismo es suma de sabiduría popular y compendio de fundamentos filosóficos sobre el arte de vivir) y, al cabo de ese tiempo volví a preguntármelo. Eso pasó ayer.
Pero no supe contestarme. Así que me puse a escribir, a ver si, manotoneando en la oscuridad o sencillamente dándole a la tecla llegaba a sacar algo en claro. A eso voy.
No es una novela. Ni pretende serlo, según dice el autor. Y sin embargo nos cuenta una historia. Pero una historia que, de alguna manera, se cuenta por omisión, por falacia, por ausencia. Porque del tal João Siniestro, persona por antonomasia, no sabemos casi nada. Hay algo oscuro en él, pero parece que ni él se da cuenta y, seguramente, no se dan cuenta de ello todas las mujeres con las que se encuentra (o tal vez sí… y de ser así tendré que revisar toda mi teoría y praxis seductoria y vivencial y darle un toque de oscuridad siniestra a mi perfil). Porque —eso sí— si de João vamos intuyendo cosas muy poco a poco, mucho más sabemos de sus mujeres (incluyamos aquí la madre, porque mucho de Edipo hay aquí). Y de los otros personajes que van apareciendo y desapareciendo a lo largo de la(s) historia(s): todos un poco farsantes, todos un poco huyendo de sí mismos (tal vez como el mismo João, pero de otra manera) y todos con un carboncillo en la mano, contribuyendo con sus trazos a delinear —otra vez, en ausencia, con el blanco, más que con la negrura del trazo— un perfil psicológico que el autor ha querido (o tal vez simplemente le ha salido así y ni se ha dado cuenta) dejar abierto e inconcluso.
El libro tiene también sus puntos flojos: una primera novela (…ejem… ¿novela?) siempre los tiene. Y luego vienen los gustos, claro. Para mi gusto, por ejemplo, hay momentos en los que se le ve el adjetivo “novel” al escritor: ciertos pasajes superfluos o explicativos, ciertas caídas de tensión… pero eso pasa en las mejores familias. Y luego, insisto, se trata de una primera… ¿novela? Los de la editorial dicen que pertenece al género del junk delighting —deleite basura—, lo cual nos viene a decir que sería algo así como el Burger King de la literatura. Y, todo hay que decirlo, no hay nada como una buena hamburguesa de madrugada después de una noche de juerga, ¿no?
Me paro un momento, releo lo escrito y veo el guiño. Sabía yo que dándole a la tecla habría… dado con la tecla... (que por eso lo hago, quiero decir, lo de darle a la tecla....ehhmm).
La huida, allí está la respuesta. La huida, ésa que siempre te vuelve a llevar a la encrucijada de la que partías, es un poco el trasfondo de esta… ejem… «novela». Acabo de darme cuenta ahora.
Y cuanto más lo piense, os soy sincero, más me convenzo de algo: creo que ni el autor se ha dado cuenta. Él también está huyendo. Un poco como todos.
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Para lxs que quieran saber (y leer) más:
6 Apr 2011
Disidencias
Art. 123
La imposición del Castigo Ejemplar calificado importa la privación de libertad del condenado durante el tiempo necesario a su Limpieza y Reeducación, bajo un régimen especial de cumplimiento que se rige por las siguientes reglas:
La imposición del Castigo Ejemplar calificado importa la privación de libertad del condenado durante el tiempo necesario a su Limpieza y Reeducación, bajo un régimen especial de cumplimiento que se rige por las siguientes reglas:
1.ª No se podrá conceder la libertad condicional sino una vez transcurridos cuarenta días de Limpieza efectiva, debiendo en todo caso darse cumplimiento a las demás normas y requisitos que regulen su otorgamiento y revocación;
2.ª La Limpieza y reeducación se obrarán mediante provocación de amnesia selectiva y reeducación hipnótica, sin menoscabo de ninguna capacidad psico-física del condenado.
Final abierto
A menudo Marcos sueña con los ojos abiertos. Unos sueños rabiosos pero cuidados hasta el más mínimo detalle. El Presidente, con su “sonrisa para todos”, sentado en la silla del Castigo Ejemplar. El Presidente, con su metro y medio de sonrisa, con sus 42 dientes de sonrisa para todos, su sobrio traje antracita, su calva zen y sus controlados movimientos de Tai Chi envolvente, “os quiero a todos”, sentado en la silla en el centro del escenario, con una cara de enajenado estupor dibujada por encima de la sonrisa (voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar... de repente recuerda un pasaje de uno de los libros de su padre, de los que se prohibieron antes de la Gran Revolución y que el Presidente repuso en las Bibliotecas Para Todos, pero no en las librerías. Todo está bajo su mirada, pero no este libro que él tiene en casa, en la habitación de su madre), el Presidente sentado y una mano anónima apuntándole en la sien con el arma reglamentaria del Castigo Ejemplar. Traición.
Marcos sueña con los ojos abiertos, a veces. Unos sueños rabiosos pero cuidados hasta el más mínimo detalle. Conoce todas las caras del público, mudo siempre (a veces algo varía: éste tenía barba y ahora sólo tiene bigote, la señora pelirroja ha entrado en el plató con los rulos puestos pero sigue siempre guapísima), una panorámica en cámara lenta, siempre de derecha a izquierda para terminar otra vez con un medio plano: cara del Presidente, mirada huera, ebria de incomprensión; una mano con una pistola apuntándole en la sien. Entre la sien y el cañón de la pistola un espacio de un centímetro.
A menudo Marcos sueña con los ojos abiertos. Unos sueños rabiosos pero cuidados hasta el más mínimo detalle. Y llora. Rabiosamente. Su madre no se acuerda de su padre. Su madre no se acuerda de lo que él hizo.
Su madre es feliz. Su madre ha muerto. Ha sido él quién la ha matado.
No disientas. Sé feliz.
Liminar
(de donde se entra o se sale)
24 años antes del final
De repente la pared del plató empezó a abrirse entera, de abajo a arriba. El movimien-to paró casi enseguida, dejando sólo una pequeña ranura por la que entraban violentas ráfagas de una luz blanca, lacticinosa, cegadora, en la que se entrevieron dos siluetas avanzando hacia el centro del escenario. El público estaba mudo.
La cámara enfoca un primer plano de las dos manos, lívidas, entrelazadas, apretando furiosamente. Un amasijo indisoluble y nudoso de huesos y piel descarnados, algo como raíces al aire, pulidas por la intemperie y un largo acariciar. La de ella más joven, lisa pero fuerte; la de él más rugosa, trabajada, huesuda, grande, flaca.
Él apenas lograba andar con cierta compostura. Su acompañante, una chica joven, lo sostenía sujetándolo con la derecha por la cintura. La mano izquierda mezclada con los dedos de él, apretando furiosamente. El showman los esperaba en el centro, al lado de la silla. Lo sentaron en la silla. Barba de tres días, pelo muy corto, pantalones de franela jaspeada y la camiseta obligatoria del patrocinador del programa: una pantalla-tejido en la que cada doce segundos se anunciaban los productos de la Corporación GoogleDis-ney. En su cara la mezcla de drogas sólo había dejado sitio para un estupor fusco, obnubilado, estúpido.
Sentado. En su aturdimiento enajenado nada podía tocarle, y sin embargo por algo se-guía agarrada a la mano de la chica. Mientras el showman pronunciaba las palabras obligatorias para la ocasión (dos o tres veces al año, no más, se acusaba a algún Contrario del peor delito contemplado por la Ley: Traición y Atentado contra la Felicidad), dos operadores tuvieron que gastar gotas de sudor y nerviosismo para desencajar aquellos dedos, para deshacer los nudos, dejar a la chica libre de utilizar la mano y entregarle el arma.
Ella se encontró allí casi despertando de un largo sueño, sus ojos llenos de lágrimas no le dejaban ver la cara de él. Su brazo temblando, tendido, apuntando la pistola a la sien, dos ojos enajenados y estupefactos que la miran y no la ven, el showman repitiendo que la traición a los principios de la Revolución era el peor crimen..., en la pantalla-tejido de la camiseta de ella una playa tropical al atardecer, publicidad de alguna de las virtual-holidays de la Corporación GoogleDisney.
«Cuanto antes lo haga, antes se acabará todo esto», piensa, con la mirada acuosa hacia su pecho.
Apretó el gatillo mientras miraba su camiseta. En la pantalla-tejido campeaba una enorme botellita de Google Cola, burbujeante.
No disientas. Sé feliz
En el medio
I
La Ciudad está llena de gente feliz. También lo recuerdan repetidamente los carteles de plasma colgados por todas partes con la cara del Presidente. “El Presidente os quiere a todos. Sed felices”; “Nuestra única obligación es cumplir con nuestra felicidad y aprovechar la de los que nos rodean. El Presidente vela por vuestra felicidad”.
Es casi Navidad y la cara del Presidente enseña su amor en todas las calles, lo vierte sobre la gente que pasea por la Gran Vía como melaza caliente, invita a todos a formar el gran corro, con sus grandes brazos abiertos y su sonrisa de cuarenta y dos dientes níveos. El Presidente, con su sobria elegancia de corte oriental, su mirada penetrante, bondadosa, paternal, su nueva y justa Constitución del Justo Medio, no fue siempre el Presidente. Luchó, en los días de la Gran Revolución, en las Siete Semanas, más que cualquiera, lideró el Gobierno Extraordinario y cuando “Los Contrarios” acabaron con la vida de sus colaboradores en el atentado del Palacio de Congresos, decidió tomar él solo las riendas de la nación y repartir Castigo y Felicidad. Acabó con el peligro terro-rista de los Contrarios y lleva veinte años al mando de un país feliz.
El Presidente ha logrado arrebatar el País a la mafia de los políticos, a la estúpida, caótica y corrupta alternancia de partidos, a la lucha fratricida por el poder y el dinero de los contribuyentes, al yugo de la moral mafioso-papal. Ha exterminado el tráfico de drogas y armas y la explotación de la prostitución. Ahora puede dispensarse amor en la calle según tarifas estatales: las drogas son monopolio del Estado, se producen en en fincas biológicas y se venden en kioskos del Estado. Las armas son de uso exclusivo de la Milicia.
En realidad, algunas células de Contrarios siguen activas, sobre todo en la periferia de la Ciudad. De vez en cuando, los Servicios de Inteligencia del Presidente descubren el escondrijo de algunos de ellos y es entonces cuando todos los canales, a las nueve de la tarde, interrumpen sus programaciones para trasmitir en directo el Castigo Ejemplar (dos o tres veces al año, no más). Es la pena más alta para el delito más grave: traición de los principios de la Gran Revolución: Atentado contra la Felicidad.
Según las justas leyes del Presidente, la ejecución debe ser llevada a cabo por el pariente más cercano al acusado.
No disientas. Sé feliz.
II
“Consumo & Felicidad” rezan los carteles publicitarios de las pantallas-tejido, las camisetas del Presidente. Una señora pelirroja se percata de que todavía no ha alcanzado el nivel de consumo previsto para el día y se apresura hacia el kiosko para comprar una botella de medio litro de GoogleCola, que le regalará tres puntos y medio, justo lo que necesitaba para llenar el cupo diario y que le permitirá a final de año disfrutar de una semana de virtual-holidays a mitad de precio en uno de los establecimientos de la Corporación.
Marcos también está pensando lo mismo: «Llevo unos días sin consumir lo que debería un Consumidor Feliz de Nivel Tres como yo. Pensarán que estoy deprimido». Marcos es cámara de televisión, tiene 24 años, vive con su madre de la que suele decir que tiene dos huevos así. Lo dice, a menudo, y sabe que es porque él no los tiene. Marcos sólo quiere una cosa, lo ha querido a lo largo de toda su vida hasta ahora: ser feliz.
No disientas. Sé feliz.
III
Mamá, hace tres días me encontré este diario en tu habitación. Buscaba ese libro que nos dejó Papá. Yo no sabía nada de Papá. Siempre me dijiste que había muerto en la Gran Revolución, luchando al lado del Presidente. Y ahora sé que era un Contrario. Ahora sé que tú también.
Mamá, quiero ser feliz.
IV
De repente la pared del plató empezó a abrirse entera, de abajo a arriba. El movimiento paró casi enseguida, dejando sólo una pequeña ranura por la que entraban violentas ráfagas de una luz blanca, lacticinosa, cegadora, en la que se entrevieron dos siluetas avanzando hacia el centro del escenario, el mismo desde hace más de veinte años. El público estaba mudo.
La cámara enfoca un primer plano de las dos manos, lívidas, entrelazadas, apretando furiosamente. Un amasijo indisoluble y nudoso de huesos y piel descarnados, algo como raíces al aire, pulidas por la intemperie y un largo acariciar. La de ella más rugosa; la de él joven, huesuda, grande, flaca.
Ella apenas lograba andar con cierta compostura. El acompañante, un chico joven, la sostenía sujetándola con la derecha por la cintura. La mano izquierda mezclada con los dedos de ella, apretando furiosamente. El showman los esperaba en el centro, al lado de la silla. La sentaron. Pelo muy corto, pantalones de franela jaspeada y la camiseta obligatoria del patrocinador del programa: una pantalla-tejido en la que cada doce segundos se anunciaban los productos de la Corporación GoogleDisney. En su cara, la mezcla de drogas sólo había dejado sitio para un estupor fusco, obnubilante, estúpido.
Sentada. En su aturdimiento enajenado nada podía tocarla, y sin embargo por algo seguía agarrada a la mano del chico. Mientras el showman pronunciaba las palabras obli-gatorias para la ocasión (dos o tres veces al año, no más, se acusaba a algún Contrario de Traición: Atentado contra la Felicidad), dos operadores tuvieron que gastar gotas de sudor y nerviosismo para desencajar aquellos dedos, para deshacer los nudos, dejar a Marcos libre de utilizar la mano y entregarle la pistola.
Marcos se encontró allí casi despertando de un largo sueño, el brazo tendido apuntando la pistola a la sien, dos ojos estupefactos que te miran y no entienden, el showman repitiendo que la traición a los principios de la Revolución era el peor crimen..., en la pantalla-tejido de la camiseta de ella una playa tropical al atardecer, publicidad de algu-na de las virtual-holidays de la Corporación GoogleDisney.
«Cuanto antes lo haga, antes se acabará todo esto» piensa Marcos con los ojos bajos.
Apretó el gatillo mientras miraba la camiseta. En la pantalla-tejido campeaba una enorme botellita de GoogleCola, burbujeante.
«Sé feliz, mamá».
2 Apr 2011
La ciudad y los ciegos (un cuento para Joao Siniestro)
Mi amigo Luis, curioso espécimen transgénico et rara avis, cuya primera novela se saldrá en mayo por letraBRICK, acaba de publicar este escrito en su blog. Dadas las circunstancias (que nada tienen que ver ni con el libro, ni con ninguna ave rara, sino con cierta situación cuya madeja voy desenredando desde hace unos años), he decidido contestarle desde aquí. Llevo unos días viajando —por enésima vez— entre las Ciudades Invisibles de Calvino, y hoy he recordado Miranda, ciudad que ni Calvino ni Marco Polo visitaron nunca. Aquí la tenéis.
© de la imagen Beverly J. Speakes
© de la imagen Beverly J. Speakes
La ciudad y los ciegos
Miranda —la que mira a Levante, dicen sus habitantes— está suspendida,
desde que se tiene memoria de la existencia de la ciudad, en el segundo antes
del equinoccio primaveral, en una eterna espera de la llegada de la primavera.
Sus caras lo reflejan y sus quehaceres también. Los habitantes de Miranda viven
en una espera continua: los taconeos de los cascos de los caballos que
trasladan los comerciantes extranjeros en sus carrozas delatan una prisa
contenida; los regateos en los mercados, donde las mujeres compran ajonjolí,
comino, dulce de almendra y miel y las nuevas medias de nailon traídas de un
Oeste lejano, nunca duran mucho, porque tanto ellas, como los tenderos, están
siempre a punto de dirigir sus pasos, con mal disimulada urgencia, hacia las
ventanas de sus casas, todas orientadas hacia el Este, esperando con premura el
equinoccio.
Los habitantes de Miranda tienen arrugas en su memoria, tan viejas es.
Sin embargo, no recuerdan nada del día de ayer. Si le preguntas a, digamos,
Zobeida, sobre esa tetera de plata que compró ayer mismo en el mercado, esa
tetera apoyada en el centro de la mesa, te dirá que no sabe, que cree que
siempre estuvo allí. La niña de siete años, hija de la señora
del todo a cien, te hablará de las angustias de sus abuelos, y del afán con el
que le construyeron una casa, antes de morir, con ventanales grandes, para que
cuando ella se case pueda, el alba del día en el que la primavera llegue, ser
la primera en verla.
El idioma de los habitantes de Miranda es fácil
de aprender, pero difícil de conceptualizar por el extranjero, y las
comunicaciones resultan a veces complicadas: en su vocabulario, como en su
cultura, no existe la noción del “ahora” (ni la palabra misma). El presente,
como tiempo verbal, no se concibe.
El visitante que llega a Miranda, sale de ella
pensando haber vivido unos días en una ciudad en constante primavera.
31 Mar 2011
The Invisible Cities
I'm lazy tonight, and quite sleepy, so I'm not going to speak about the book. Not even about the author, Italo Calvino. Wikipedia is there for those who want to know something more about him or about this book: The invisible cities (and, if you want to find reviews, just go to Amazon).
So, again, will I jump again on the narcissistic band wagon and write about myself? Not this time. And anyway, sometimes the books one likes... they did speak about the one who likes them. :-)
Here you have some excerpts from The Invisible Cities. Enjoy.
Thin Cities 3
Whether Armilla is like this because it is unfinished or because it has been demolished, whether the cause is some enchantment or only a whim, I do not know. The fact remains that it has no walls, no ceilings, no floors: it has nothing that makes it seem a city except the water pipes that rise vertically where the houses should be and spread out horizontally where the floors should be: a forest of pipes that end in taps, showers, spouts, overflows. Against the sky a lavabo's white stands out, or a bathtub, or some other porcelain, like late fruit still hanging from the boughs. You would think that the plumbers had finished their job and gone away before the bricklayers arrived; or else their hydraulic systems, indestructible, had survived a catastrophe, an earthquake, or the corrosion of termites.
Abandoned before or after it was inhabited, Armilla cannot be called deserted. At any hour, raising your eyes among the pipes, you are likely to glimpse a young woman, or many young women, slender, not tall of stature, luxuriating in the bathtubs or arching their backs under the showers suspended in the void, washing or drying or perfuming themselves, or combing their long hair at a mirror. In the sun, the threads of water fanning from the showers glisten, the jets of the taps, the spurts, the splashes, the sponges' suds.
I have come to this explanation: the streams of water channelled in the pipes of Armilla have remained in the possession of nymphs and naiads. Accustomed to travelling along underground veins, they found it easy to enter the new aquatic realm, to burst from multiple fountains, to find new mirrors, new games, new ways of enjoying the water. Their invasion may have driven out the human beings, or Armilla may have been built by humans as a votive offering to win the favour of the nymphs, offended at the misuse of the waters. In any case, now they seem content, these maidens: in the morning you hear them singing.
Cities & Desire 5
"From there, after six days and seven nights, you arrive at Zobeide, the white city, well exposed to the moon, with streets wound about themselves as in a skein. They tell this tale of its foundation: men of various nations had an identical dream. They saw a woman running at night through an unknown city; she was seen from behind, with long hair, and she was naked. They dreamed of pursuing her. As they twisted and turned, each of them lost her. After the dream, they set out in search of that city; they never found it, but they found one another; they decided to build a city like the one in the dream. In laying out the streets, each followed the course of his pursuit; at the spot where they had lost the fugitive's trail, they arranged spaces and walls differently from the dream, so she would be unable to escape again.
This was the city of Zobeide, where they settled, waiting for that scene to be repeated one night. None of them, asleep or awake, ever saw the woman again. The city's streets were streets where they went to work every day, with no link any more to the dreamed chase. Which, for that matter, had long been forgotten.
New men arrived from other lands, having had a dream like theirs, and in the city of Zobeide, they recognized something from the streets of the dream, and they changed the positions of arcades and stairways to resemble more closely the path of the pursued woman and so, at the spot where she had vanished, there would remain no avenue of escape.
The first to arrive could not understand what drew these people to Zobeide, this ugly city, this trap.
Continuous Cities 1
The city of Leonia refashions itself every day: every morning the people wake between fresh sheets, wash with just-unwrapped cakes of soap, wear brand-new clothing, take from the latest model refrigerator still unopened tins, listening to the last-minute jingles from the most up-to-date radio.
On the sidewalks, encased in spotless plastic bags, the remains of yesterday's Leonia await the garbage truck. Not only squeezed rubes of toothpaste, blown-out light bulbes, newspapers, containers, wrappings, but also boilers, encyclopedias, pianos, porcelain dinner services. It is not so much by the things that each day are manufactured, sold, bought that you can measure Leonia's opulence, but rather by the things that each day are thrown out to make room for the new. So you begin to wonder if Leonia's true passion is really, as they say, the enjoyment of new and different things, and not, instead, the joy of expelling, discarding, cleansing itself of a recurrent impurity. The fact is that street cleaners are welcomed like angels, and their task of removing the residue of yesterday's existence is surrounded by a respectful silence, like a ritual that inspires devotion, perhaps only because once things have been cast off nobody wants to have to think about them further.
Nobody wonders where, each day, they carry their load of refuse. Outside the city, surely; but each year the city expands, and the street cleaners have to fall farther back. The bulk of the outflow increases and the piles rise higher, become stratified, extend over a wider perimeter. Besides, the more Leonia's talent for making new materials excels, the more the rubbish improves in quality, resists time, the elements, fermentations, combustions. A fortress of indestructible leftovers surrounds Leonia, dominating it on every side, like a chain of mountains.
This is the result: the more Leonia expels goods, the more it accumulates them; the scales of its past are soldered into a cuirass that cannot be removed. As the city is renewed each day, it preserves all of itself in its only definitive form: yesterday's sweepings piled up on the sweepings of the day before yesterday and of all its days and years and decades.
Leonia's rubbish little by little would invade the world, if, from beyond the final crest of its boundless rubbish heap, the street cleaners of other cities were not pressing, also pushing mountains of refuse in front of themselves. Perhaps the whole world, beyond Leonia's boundaries, is covered by craters of rubbish, each surrounding a metropolis in constant eruption. The boundaries between the alien, hostile cities are infected ramparts where the detritus of both support each other, overlap, mingle.
The greater its height grows, the more the danger of a landslide looms: a tin can, an old tire, an unraveled wine flask, if it rolls toward Leonia, is enough to bring with it an avalanche of unmated shoes, calendars of bygone years, withered flowers, submerging the city in its own past, which it had tried in vain to reject, mingling with the past of the neighboring cities, finally clean. A cataclysm will flatten the sordid mountain range, canceling every trace of the metropolis always dressed in new clothes. In the nearby cities they are all ready, waiting with bulldozers to flatten the terrain, to push into the new territory, expand, and drive the new street cleaners still farther out.
Cities and the Sky 5
Andria was built so artfully that its every street follows a planet's orbit, and the buildings and the places of community life repeat the order of the constellations and the position of the most luminous stars: Antares, Alpheratz, Capricorn, the Cepheids. The city's calendar is so regulated that jobs and offices and ceremonies are arranged in a map corresponding to the firmament on that date: and thus the days on earth and the nights in the sky reflect each other.
Though it is painstakingly regimented, the city's life flows calmly like the motion of the celestial bodies and it acquires the inevitability of phenomena not subject to human caprice. In praising Andria's citizens for their productive industry and their spiritual ease, I was led to say: I can well understand how you, feeling yourselves part of an unchanging heaven, cogs in a meticulous clockwork, take care not to make the slightest change in your city and your habits. Andria is the only city I know where it is best to remain motionless in time.
They looked at one another dumbfounded. "But why? Whoever said such a thing?" And they led me to visit a suspended street recently opened over a bamboo grove, a shadow-theater under construction in the place of the municipal kennels, now moved to the pavilions of the former lazaretto, abolished when the last plague victims were cured, and--just inaugurated--a river port, a statue of Thales, a toboggan slide.
"And these innovations do not disturb your city's astral rhythm?" I asked.
"Our city and the sky correspond so perfectly", they answered, "that any change in Andria involves some novelty among the stars." The astronomers, after each change takes place in Andria, peer into their telescopes and report a nova's explosion, or a remote point in the firmament's change of color from orange to yellow, the expansion of a nebula, the bending of a spiral of the Milky Way. Each change implies a sequence of other changes, in Andria as among the stars: the city and the sky never remain the same.
As for the character of Andria's inhabitants, two virtues are worth mentioning: self-confidence and prudence. Convinced that every innovation in the city influences the sky's pattern, before taking any decision they calculate the risks and advantages for themselves and for the city and for all worlds.
Thin Cities 5
If you choose to believe me, good. Now I will tell how Octavia, the spider-web city, is made. There is a precipice between two steep mountains: the city is over the void, bound to the two crests with ropes and chains and catwalks. You walk on the little wooden ties, careful not to set your foot in the open spaces, or you cling to the hempen strands. Below there is nothing for hundreds and hundreds of feet: a few clouds glide past; farther down you can glimpse the chasm's bed.
This is the foundation of the city: a net which serves as passage and as support. All the rest, instead of rising up, is hung below: rope ladders, hammocks, houses made like sacks, clothes hangers, terraces like gondolas, skins of water, gas jets, spits, baskets on strings, dumb-waiters, showers, trapezes and rings for children's games, cable cars, chandeliers, pots with trailing plants.
Suspended over the abyss, the life of Octavia's inhabitants is less uncertain than in other cities. They know the net will last only so long.
1 Mar 2011
Night poems
Tonight, after having a nice conversation with E. in Facebook (even though FB chat is a real shit for chatting with a friend) while we were (both of us) smooking, on the both sides of this strange invisible thin thread which connects us at 500 km distance (do not think that: I don't smoke such stuff... it's illegal!), I wanted to read some poems I really like, to whom I go back now and again.
I just want to share this with you all.
The world below the brine
(Walt Whitman)
Forests at the bottom of the sea, the branches and leaves,
Sea-lettuce, vast lichens, strange flowers and seeds, the thick tangle openings, and pink turf,
Different colors, pale gray and green, purple, white, and gold, the play of light through the water,
Dumb swimmers there among the rocks, coral, gluten, grass, rushes, and the aliment of the swimmers,
Sluggish existences grazing there suspended, or slowly crawling close to the bottom,
The sperm-whale at the surface blowing air and spray, or disporting with his flukes,
The leaden-eyed shark, the walrus, the turtle, the hairy sea-leopard, and the sting-ray,
Passions there, wars, pursuits, tribes, sight in those ocean-depths, breathing that thick-breathing air, as so many do,
The change thence to the sight here, and to the subtle air breathed by beings like us who walk this sphere,
The change onward from ours to that of beings who walk other spheres.
The Lake Isle of Innisfree
(W. B. Yeats)
I WILL arise and go now, and go to Innisfree,
And a small cabin build there, of clay and wattles made;
Nine bean rows will I have there, a hive for the honey bee,
And live alone in the bee-loud glade.
And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow
Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;
There midnight's all a glimmer, and noon a purple glow,
And evening full of the linnet's wings.
I will arise and go now, for always night and day
I hear lake water lapping with low sounds by the shore;
While I stand on the roadway, or on the pavements gray,
I hear it in the deep heart's core.
(I know I've already published this one in a post, but it's so paceful...)
And this last one, to someone of whom I believed so many times "she's finally come". While, on the contrary, it was me the one who was late.
Among the multitude
(Walt Whitman)
Among the men and women the multitude,
I perceive one picking me out by secret and divine signs,
Acknowledging none else, not parent, wife, husband, brother, child, any nearer than I am,
Some are baffled, but that one is not--that one knows me.
Ah lover and perfect equal,
I meant that you should discover me so by faint indirections,
And I when I meet you mean to discover you by the like in you.
.
I just want to share this with you all.
The world below the brine
(Walt Whitman)
Forests at the bottom of the sea, the branches and leaves,
Sea-lettuce, vast lichens, strange flowers and seeds, the thick tangle openings, and pink turf,
Different colors, pale gray and green, purple, white, and gold, the play of light through the water,
Dumb swimmers there among the rocks, coral, gluten, grass, rushes, and the aliment of the swimmers,
Sluggish existences grazing there suspended, or slowly crawling close to the bottom,
The sperm-whale at the surface blowing air and spray, or disporting with his flukes,
The leaden-eyed shark, the walrus, the turtle, the hairy sea-leopard, and the sting-ray,
Passions there, wars, pursuits, tribes, sight in those ocean-depths, breathing that thick-breathing air, as so many do,
The change thence to the sight here, and to the subtle air breathed by beings like us who walk this sphere,
The change onward from ours to that of beings who walk other spheres.
The Lake Isle of Innisfree
(W. B. Yeats)
I WILL arise and go now, and go to Innisfree,
And a small cabin build there, of clay and wattles made;
Nine bean rows will I have there, a hive for the honey bee,
And live alone in the bee-loud glade.
And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow
Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;
There midnight's all a glimmer, and noon a purple glow,
And evening full of the linnet's wings.
I will arise and go now, for always night and day
I hear lake water lapping with low sounds by the shore;
While I stand on the roadway, or on the pavements gray,
I hear it in the deep heart's core.
(I know I've already published this one in a post, but it's so paceful...)
And this last one, to someone of whom I believed so many times "she's finally come". While, on the contrary, it was me the one who was late.
Among the multitude
(Walt Whitman)
Among the men and women the multitude,
I perceive one picking me out by secret and divine signs,
Acknowledging none else, not parent, wife, husband, brother, child, any nearer than I am,
Some are baffled, but that one is not--that one knows me.
Ah lover and perfect equal,
I meant that you should discover me so by faint indirections,
And I when I meet you mean to discover you by the like in you.
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28 Feb 2011
Thomas Pynchon (lo que me pediste...)
No te voy a hablar de Salinger, no, porque no es eso lo que me has pedido. Pero si lo voy a hacer a su manera. Mira, si en serio quieres que te lo cuente, que te cuente por qué me gustan ciertos libros, lo primero que vas a querer saber es dónde nací, y cómo fue mi jodida infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme y toda esa mierda a lo David Copperfield, pero la verdad es que no tengo ganas de ponerme a hablar de eso.
Lo que sí te voy a decir es que en esto de escribir uno llega siempre tarde. Será que la palabra es así, que llega al papel sólo después de haber dado vuelta en las circunvoluciones de esa masa gris y pegajosa que voy paseando bajo el gorro croata, pero el hecho es ése: uno llega —siempre— tarde.
Me dijiste que te contara algo sobre esos que llaman «escritores fantasma» y me ha bastado una vuelta por la Red para ver que todos se han puesto a hablar de lo mismo. Y, perdóname, pero yo no te voy a escribir otro articulito sobre el agua caliente. Basta que teclees «escritores fantasmas» en Google. ¿Que no sabes quiénes son? De hecho, por eso son fantasmas: ellos mismos se esconden. De ti, y de todos los que les van persiguiendo. Ahora, te soy franco: a mí no me importa lo más mínimo ignorar cuáles son los verdaderos nombres o las caras actuales de WuMing, J. D. Salinger, Cormac McCarthy o Thomas Pynchon, y si les cuesta mucho escribir, o lo que piensan de lo que pasa en Libia —las opiniones sobran, y los cabreos también—, o si han votado por Obama y si lo volerán a votar, o si se decantarán por otro emperador. Es más, creo que con respecto a eso deberíamos quedarnos así, ignorando (que es gerundio) o ignorantes (que no es adjetivo sino participio presente). Esto es discutible, por supuesto, pero por si opinas lo contrario, te dejo un frasecita de otro gran fantasma, Patrick Süskind (El perfume):
«La ignorancia no tiene nada de vergonzoso, la mayor parte de los hombres ve en ella la felicidad. Y, de hecho, es la única felicidad posible en este mundo. No la rechacéis a la ligera».
Y sin embargo... Mira, por ejemplo, lo que dice El País en un articulito ya viejo 17/12/07 (el enésimo artículo sobre Pynchon, McCarthy, Salinger, WuMing y el «nuestro» Víctor Salero): «[...] ejemplos de la nueva crisis de la autoría. [...] experiencias surgidas en estos nuevos tiempos en los que las historias interesan más que las firmas que las crean». Y te pregunto: ¿es que en algún momento de la Historia —y de las historias— las firmas han interesado más que las historias mismas?
No sé a ti, pero a mi lo único que me interesa es precisamente eso: sus historias (las que cuentan, entiéndeme bien). Esas historias en la que uno se pierde, se cabrea, se ríe, se desintegra... Por ejemplo, ¿te has leído algún libro de Thomas Pynchon? Yo qué sé, La subasta del lote 49 o El arcoiris de la gravedad o Mason y Dixon... Mira, cuando lo empiezas a leer... te desconcierta. Como te desconciertan todos esos escritores maximalistas —Mann, Faulkner, Bulgakov, Cortázar, Proust—, y te pasa lo mismo que con ellos: entrar te cuesta, pero enseguida lo que pasa es que no quieres salir.
No sabría decirte, pero al mismo tiempo es como mezclar la locura marina de Melville con las enajenaciones holliwoodianas de Nathanael West mientras éste se pone a escupir verdades exorbitantes con el virus lingüístico de William Burroughs, porque acaba de descubrir que todos somos personajes de una conspiración histórica pensada por Don DeLillo y Bulgákov y puesta en escena por Philip K. Dick. ¿Me entiendes? Es... exagerado. Pero lo es precisamente porque todos somos exagerados cuando en realidad nada lo es. Y lo es, al mismo tiempo, de una manera temperada, suave. Es como estar en el ojo de un huracán, donde todo es calmo y alrededor todo está volando y frantumándose, hay una vertígine de vida pero desordenada: lo reconoces todo pero ya no sabes qué es verdad y qué es mentira. ¿No te acuerdas de la entropía, eso que nunca se entendía en las clases de Físicas? Es esa parte de energía que sobra, que no se puede emplear para hacer un trabajo, es el grado de desorden de las moléculas y es también el grado de incertidumbre que existe sobre un conjunto de informaciones: cuanta más información, más entropía y menos comprensión. Es esa cantidad de información que está por debajo, al lado y encima de lo que crees que estás buscando cuando googleas. Es internet... Óyeme bien: es algo que crees ignorar, pero que conoces muy bien. Pues eso: leer a Pynchon es como descubrirse hablando un idioma que nunca supiste que hablabas a la perfección, y donde esa entropía es su sintaxis.
La subasta del lote 49 narra la historia de una mujer que descubre un sistema de comunicación subterráneo que suplanta al sistema postal norteamericano. Mason y Dixon tiene la complejidad inverosímil de lo que, en realidad, es asombrosamente verídico: relata la historia —verdadera— de un astrónomo y un topógrafo que a mediados del siglo XVIII fueron contratados por la Royal Society para trazar la línea que separaría a las colonias de Pennsylvania y Maryland en el Nuevo Mundo. En El arcoiris de gravedad un militar estadounidense que tiene un grave problema físico (jejeje) trabaja para los servicios de inteligencia aliada en Londres y tiene que enfrentarse con numerosos enemigos. Vaya, me dirás. ¿Eso es todo? Pero tanto los reglamentos que rigen al desintegrante Sistema Tristero en La subasta del lote 49, o las erecciones de ese soldado todas las veces que pasa un cohete V-2 en El arcoiris de gravedad, o el trazado de esa línea que en realidad quiere dividirlo a-b-s-o-l-u-t-a-m-e-n-t-e t-o-d-o en Mason y Dixon, te precipitan en un mundo que se desintegra y que, al mismo tiempo es tan cotidiano como las judías verdes con patatas que te preparaba tu madre cada dos por tres (judías verdes o acelgas, eso dependía del tipo de crueldad materna, pero patatas, eso sí, siempre). Y si Mason y Dixon es una profunda reflexión sobre la responsabilidad de poner límites, de marcar territorios, de separar una cosa de la otra; el tema central de El arcoiris de gravedad es la disolución del yo, la muerte de la identidad en un mundo en el que todo se va pareciendo a todo (¿globalización?...ese libro se publicó en 1973).
Mira, no sé si te he sabido decir que cuando abro las páginas de La subasta me convierto en un Indiana Jones alucinado que acaba de darse cuenta de haber vivido siempre en un mundo que en realidad le era desconocido y en el que hay que explorarlo todo de nuevo, y rápido además, porque se está yendo todo al carajo. Este mundo que no tiene nada que ver con el Sueño Americano que siempre hemos tenido ante los ojos, sino que más bien se parece a esa zona liminar y tierra de nadie y de todos: el Insomnio Americano.
En fin, que no sé si te has dado cuenta, pero a mí lo único que me interesa es que te lo leas. Y no soy ya de ninguna editorial: si quieres, te escaneo el libro, te lo pongo en PDF y te lo envío. O, para no caer en la ilegalidad (hola, SGAE), te presto mis ejemplares. Ahora sí, si aún no lo has entendido, te lo advierto claramente: entrar en sus libros es un ejercicio de riesgo. Si te ha gustado, yo qué sé, El código da Vinci, no te leas La subasta del Código 49: no me gusta que se caguen en mis muertos.
17 Feb 2011
Graffiti (and tattoos)
to a blue-eyed fairy
I’ll be back, with another tattoo on my left ankle. It’s going to be Freedom. You’ll know when. Just have a look at the walls.
1. So many things begin and perhaps end as a game, I suppose that it amused you to find the sketch beside yours, you attributed it to chance or a whim and only the second time did you realize that it was intentional and then you looked at it slowly, you even came back later to look at it again, taking the usual precautions: the street at its most solitary moment, no patrol wagon on neighboring corners, approaching with indifference and never looking at the graffiti face-on but from the other sidewalk or diagonally, feigning interest in the shop window alongside, going away immediately.
2. The sketch didn’t really match with the one you had drawn just few hours before, but in some way it did. It was like that tattoo, just a word: Adventura. That was Latin, and you remembered it ‘cause you saw it just few weeks before, tattooed just up on the right ankle of that beautiful blue-eyed girl, having a coffee in the Starbucks. She was sitting right in front of you. A very attractive, picturesque and at the same time unpretentious blond and blue-eyed traveler or adventurous tourist, with that rucksack lying down on the floor and that look on her eyes like trying to retain every single detail of the limited landscape framed in the window she was sitting by. Retaining everything just to forget about all she had seen, few minutes, or hours, or days after. You also had been a traveler but you never had this ability, and your rucksack became heavier day by day with memories and people and stories.
Every letter of her tattoo was of a different color, some kind of handwritten fonts with flourished spurred upstrokes, and the tattoo itself was like a silent scream, something shouted, yelled to the sky but mutely, with a sort of rational passion, a well-mannered, hidden and sensible rage. But coming to the town hadn’t been a very sensible choice. Tourists had run away after the sudden coup, and she was the only one sitting in that Starbucks which only few weeks before was crowded with people and languages.
3. Your own game had begun out of boredom; it wasn't really a protest against the state of things in the city, the curfew, the menacing prohibition against putting up posters or writing on walls. It simply amused you to make sketches with colored chalk (you didn't like the term graffiti, so art critic-like) and from time to time to come and look at them and even, with a little luck, to be a spectator to the arrival of the municipal truck and the useless insults of the workers as they erased the sketches. It didn't matter to them that they weren't political sketches, the prohibition covered everything, and if some child had dared draw a house or a dog it would have been erased in just the same way in the midst of curses and threats. In the city, people no longer knew too well which side fear was really on; maybe that's why you overcame yours and every so often picked the time and place just right for making a sketch.
4. You never ran any risk because you knew how to choose well, and in the time that passed until the cleaning trucks arrived something opened up for you like a very clean space where there was almost room for hope. Looking at your sketch from a distance you could see people casting a glance at it as they passed, no one stopped, of course, but no one failed to look at the sketch, sometimes a quick abstract composition in two colors, the profile of a bird or two entwined figures. Just one time you wrote a phrase, in black chalk: It hurts me too. It didn't last two hours, and that time the police themselves made it disappear. Afterward you went on only making sketches.
5. When the other one appeared next to yours you were almost afraid, suddenly the danger had become double, someone like you had been moved to have some fun on the brink of imprisonment or something worse, and that someone, as if it were of no small importance, was a woman. And you couldn't prove it yourself, but she was her, the blue-eyed girl sitting in front of you in the Starbucks. There was something different and better than the most obvious proof: the same tattoo now converted into graffiti. There was a trace of her smile, of the look of her eyes, her aura. Probably since you walked alone you were imagining it out of compensation; you admired her, you were afraid for her, you hoped it was the only time, you almost gave yourself away when she drew a sketch alongside another one of yours, an urge to laugh, to stay right there as if the police were blind or idiots.
6. A different time began, at once stealthier, more beautiful and more threatening. Shirking your job you would go out at odd moments in hopes of surprising her. For your sketches you chose those streets that you could cover in a single quick passage; you came back at dawn, at dusk, at three o'clock in the morning. It was a time of unbearable contradiction, the deception of finding a new sketch of hers beside one of yours and the street empty, and that of not finding anything and feeling the street even more empty. One night you saw her first sketch all by itself; she'd done it in red and blue chalk on a garage door, taking advantage of the worm-eaten wood and the nail heads. It was more than ever her --the stroke, the colours-- but you also felt that that sketch had meaning as an appeal or question, a way of calling you. You came back at dawn, after the patrols had thinned out in their mute sweep, and on the rest of the door you sketched a quick seascape with sails and breakwaters; if he didn't look at it closely a person might have said it was a play of random lines, but she would know how to look at it. That night you barely escaped a pair of policemen, in your apartment you drank glass after glass of gin and you talked to her, you told her everything that came into your mouth, like a different sketch made with sound, another harbour with sails, you pictured her as the one in the Starbucks, you chose other profiles too, you hugged her, you loved her a little.
7. Almost immediately it occurred to you that she would be looking for an answer, that she would return to her sketch the way you were returning now to yours, and even though the danger had become so much greater since the attacks at the market, you dared go up to the garage, walk around the block, drink endless beers at the cafe on the corner. It was absurd because she wouldn't stop after seeing your sketch, and almost any one of the many blond women coming and going might be her. At dawn on the second day you chose a gray wall and sketched a white triangle surrounded by splotches like oak leaves; from the same cafe on the corner you could see the wall (they'd already cleaned off the garage door and a patrol, furious, kept coming back), at dusk you withdrew a little, but choosing different lookout points, moving from one place to another, making small purchases in the shops so as not to draw too much attention. It was already dark night when you heard the sirens and the spotlights swept your eyes. There was a confused crowding by the wall, you ran, in the face of all good sense, and all that helped you was the good luck to have a car turn the corner and put on its brakes when the driver saw the patrol wagon, its bulk protected you and you saw the struggle, blonde hair pulled by gloved hands, the kicks and the screams, the cut-off glimpse of blue slacks before they threw her into the wagon and took her away.
8. Much later (it was horrible shaking like that, it was horrible to think that it had happened because of your sketch on the gray wall) you mingled with other people and managed to see an outline in blue, the traces of that orange color that was like her name or her mouth, her there in that truncated sketch that the police had erased before taking her away, enough remained to understand that she had tried to answer your triangle with another figure, a circle or maybe a spiral, a form full and beautiful, something like a yes or an always or a now.
9. You knew it quite well, you'd had more than enough time to imagine the details of what was happening at the main barracks; in the city everything like that oozed out little by little, people were aware of the fate of prisoners, and if sometimes they got to see one or another of them again, they would have preferred not seeing them, just as the majority were lost in the silence that no one dared break. You knew it only too well, that night the gin wouldn't help you except to make you bite your hands with impotence, cry, crush the pieces of coloured chalk with your feet before submerging yourself in drunkenness.
10. Yes, but the days passed and you no longer knew how to live in any other way. You began to leave your work again to walk about the streets, to look, fleetingly at the walls and the doors where you and she had sketched. Everything clean, everything clear; nothing, not even a flower sketched by the innocence of a schoolboy who steals a piece of chalk in class and can't resist the pleasure of using it. Nor could you resist, and a month later you got up at dawn and went back to the street with the garage. There were no patrols, the walls were perfectly clean; a cat looked at you cautiously from a doorway when you took out your chalk and in the same place, there where she had left her sketch, you filled the boards with a green shout, a red flame of recognition and love, you wrapped your sketch in an oval that was also your mouth and hers and hope. The footsteps at the corner threw you into a felt-footed run, to the refuge of a pile of empty boxes; a staggering drunk approached humming, he tried to kick the cat and fell face down at the foot of the sketch. You went away slowly, safe now, and with the first sun you slept as you hadn't slept for a long time.
11. That same morning you looked from a distance: they hadn't erased it yet. You went back at noon: almost inconceivably it was still there. The agitation in the suburbs (you'd heard the news reports) had taken the urban patrols away from their routine; at dusk you went back to see that a lot of people had been seeing it all through the day. You waited until three in the morning to go back, the street was empty and dark. From a distance you made out the other sketch, only you could have distinguished it, so small, above and to the left of yours. You went over with a feeling that was thirst and horror at the same time; but then you saw the orange oval and the green circle, and the little letters spread out all around the oval and the circle: Adventura, and, on the very right of the circle, something like a clock and two little air planes, one going, the other coming. You stood there staring at the graffiti, and finally the relief came: this night the gin would be lifted for her. And I know, I know but what could I have done? I was lucky enough they didn’t kill me and decided to send me back, but in some way I had to say farewell to you, let you know I would be back one day, and at the same time ask you to continue. I had to leave you something before going back to my foreign refuge, remembering so many things and sometimes, as I had imagined your life, imagining that you were making other sketches, that you were going out at night to make other sketches.
.......................................
we'll meet again, somewhere
and I'll also have my tattoo done
and I'll also have my tattoo done
........................................
(to JC, also, as a tribute)
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