12 Jul 2015

La mafia en "blu, dipinto di blu" o el calvario greco

Greece, the calvary
Original illustration by Norma Bars - The Guardian (refaced by me)

Lo hemos visto en películas, más de una vez: no pagas la deuda que has supuestamente contraído (real o inventada: ese "pizzo" que se te obliga a pagar por una supuesta protección) y entonces —en la cruel y despiadada tradición y lógica mafiosa— te conviertes de amigo/socio/protegido en un enemigo. Y como enemigo eres castigado: terminas muerto o tullido (en este útlimo caso, la muerte es simbólica: ya no puedes trabajar para pagar tu deuda y tus castigadores, además, te destinarán una pequeña pensión vital, para que sepas que vives dependiente de ellos, igual que antes, pero mucho peor).

A golpes de bates de béisbol —al estilo de los Mobs estadounidenses— o con una bala de "lupara" en el más tradicional estilo Siciliano y, en ambos casos, con el cuerpo dejado en un lugar bien visible para que sirva de amonestación y guía. A los que no pagan se les mata/invalida así (otros tipos de muertes se reservan a los que hablan demasiado, o a los que investigan y hay una intricada y confusa esotericidad relacionada con la elección de los modus occidendi).

Una persona sabia sabe que a la vaca, para poder ordeñarla, hay que darle de comer. Sin embargo, si es verdad que la sabiduría es el producto de la experiencia de años y siglos de  existencia humana, es fácil imaginar que sabidurías puede haber más de una. Como ésta que acabamos de describir: la sabiduría de la violencia mafiosa. Esa sabiduría que sabe que imponer —pena la muerte o la invalidez— a un ser sintiente, que se deje ordeñar sin que se le dé apenas comida, muchas veces —muchísimas veces— funciona y da sus resultados. La mafia funciona así.

Y la Troika también. Ese triumvirato que firma los destinos y las sentencias de los que pertenecen a este club europeo  —Lagarde, Junker, Draghi o, de otra manera, FMI, EC, BCE— mata o invalida al deudor para que sea de ejemplo y amonestación para todos los demás. Mano dura con los rebeldes para que a nadie se le ocurra rebelarse (máxime si se piensa que las elecciones del otro posible contagiado por la rebeldía —España— están a la vuelta de la esquina).

Sin embargo, hay veces en las que la violencia ya no es fruto de sabiduría, sino de pura tradición y —sobre todo— costumbre. Y lo que pasa es que cuando esa violencia no va acompañada por las gafas de esa aborrecible sabiduría, se mueve como si ya no tuviera casi ojos: ciega y miope, no ve más lejos de sus narices. Y la caga.

No ver cuáles pueden ser, en un plazo no muy largo, las consecuencias de esa lógica mafiosa —aunque vestida de azul eléctrico y con estrellitas— nos puede costar caro a todos. Basta con que la troika siga con su ceguera y luego todos pagaremos. Es cuestión de tiempo.

Para ver cómo opera esta mafia en azul, tecnócrata (dicen) pero política y apegada al poder en realidad, basta ver el documento retocado por ellos (lo publicó el Wall Street Journal). El track changes en rojo enseña todos los cambios de la Troika: aquí se ve cómo con ensañamiento casi maniacal ha eliminado toda referencia a los "más necesitados" («most in need») Ha negado la posibilidad de mantener un IVA más baja (13%) para los alimentos básicos (en lugar de "Basic food" escriben "unprocessed food", es decir, materias primas como la fruta, verdura (para poner un ejemplo, la harina sería un "basic food", pero el pan, la pasta, no, porque son  "procesados", con lo cual el IVA aplicada sería del 23%) y el IVA al 6% para los materiales médicos (cambian "medical supplies" por "Pharmaceuticals", con lo cual el IVA al 6% sólo quedaría para los productos farmacéuticos, dejando con un IVA mucho mayor todos los demás productos médicos).

Cierro con una cita del artículo publicado en El País por Paul Krugman en el que afirma que Grecia sí debe salir del euro. (Yo no soy economista y muy poco entiendo de economía, y este señor Krugman, Nobel en Economía en 2008, a menudo ha dicho cosas que me repatean, pero otras me ha fascinado).

"No nos dejemos engañar por aquellos que afirman que los funcionarios de la troika son sólo técnicos que explican a los griegos ignorantes lo que debe hacerse. Estos supuestos tecnócratas son, en realidad, fantaseadores que han hecho caso omiso de todos los principios de la macroeconomía, y que se han equivocado en cada paso dado. No es una cuestión de análisis; es una cuestión de poder: el poder de los acreedores para tirar del enchufe de la economía griega, que persistirá mientras salida del euro se considere impensable."

Para terminar, y para ver de qué manera las dinámicas mafiosas se han vestido de blu, dipinto di blu y han cambiado su bilingüismo sículo-inglés al alemán y al inglés europeo que se habla en Bruselas, aquí va el último artículo de Yanis Varoufakis, en The Guardian.

21 Dec 2013

La palabra que no se puede decir (*)

Somos ya pocos los que sabemos que la madre del ministro quería abortar. Yo trabajaba en el hospital, de mozo, limpiando, y se lo oí decir muchas veces.

Decía, la madre del ministro, que odiaba "esa cosa" (lo decía, así, sin preposición: sentía que aquéllo que llevaba ahí dentro no tenía ni el menor atisbo de humanidad), y que Dios la perdonara, pero que aquello no lo quería, que llevaba dentro un veneno, un engendro, algo asqueroso. Que ella lo que había querido era un hijo, y no esa cosa que llevaba en la barriga. A escondidas del marido, decía, comía enteros manojos de perejil y luego se pegaba hostias a la barriga, esperando que aquéllo muriera y se le provocara un aborto.


Luego se persignaba, dice, y rezaba, pidiendo perdón al Todopoderoso y preguntándole que por qué, por qué a ella, que por favor, por favor, sácame esto de aquí, ¿por qué me das esta cruz?

Pero la cruz, decía la madre del ministro, la tuvo que llevar hasta al final. Hasta el final de mi vida, decía, tendré que llevarla. Y aquello nació. Y como cruz que era, decía la madre del ministro, nació aquello cruzado.

Se lo veía en los ojos, decía la madre del ministro. Se lo empecé a ver en los ojos desde que nació: desde su primera mirada supe que él lo sabía, que sabía que era yo quien le daba puñetazos a través de mi barriga. Se lo veía en los ojos que me odiaba. Igual que yo le odiaba a él. Se me fue la leche, tenía los pezones en carne viva por las mordeduras de aquél engendro y aquéllo, dios mío, me lamía la sangre. Se lo dije al cura y me dio cuarenta Ave Marías y cuarenta Padre Nuestros.

Eso decía la madre del ministro.

Dicen algunos, ahora (ahora que la mitad calla y la otra mitad espera en silencio o sólo comenta la situación en voz baja y en casas de amigos y confiados, ahora que todo lo feo ha ocurrido), dicen algunos que es por eso que el ministro odiaba a las mujeres y creía que eran cosas y que como cosas había que tratarlas, que pegaba a su mujer y que le habría gustado pegarlas a todas. Ahora que las mujeres ya no pueden votar y deben por ley obedecer a los maridos y pasar la primera noche de bodas en una de las casas de los doce hijos del ministro —tal y como dice la Nueva Biblia Reformada, que hace de texto sagrado amén que de Constitución— ahora, en las noches de invierno, cuando nos reunimos en los sótanos a la luz de las velas (hay que apagar la luz a las 10 y media, hay que mantener las persianas siempre abiertas y cualquier tenue halo de luz puede significar la visita intempestiva de la Brigada), cuando llega el momento de los cuentos, las madres, que son las encargadas —por ley— de ocuparse de los retoños, les cuentan a los niños que hay una palabra que no deben pronunciar nunca, pues está prohibida. Y les cuentan que esa palabra que han oído quién sabe dónde y que preguntan qué es, no es, como dice papà, "algo que se puede comer pero que ya no existe", sino una palabra mágica que hace que vengan los malos de la Brigada para llevarse a mamá y papá, si se la oyen decir en la escuela.

Porque ésa palabra, "trauma", es la palabra que no le gusta oír al ministro, que le pone furioso, le transforma en algo muy feo. La psicóloga que, justo al comienzo de "todo lo feo", había publicado un artículo diciendo que el ministro tenía un fuerte trauma infantil, probablemente prenatal, por el que había desarrollado varios complejos y síndromes al mismo tiempo (de Faetón, de Zeus, de Cronos, y la variante de Edipo Violador) fue encarcelada, torturada y justiciada al garrote vil.

Cuando las velas se apagan, los niños se agarran a las faldas de la madre (a las mujeres les está prohibido llevar pantalones, ahora) y se van a la cama temblando. Antes de irnos a la cama, a los maridos nos hacen una paja, porque así estamos tranquilos, que hijos ya hay demasiados y ahora que incluso han prohibido la venta del film transparente (las parejas lo utilizaban como preservativo, desde que aquellos se prohibieron) hay que cortarse un poco.

Una vez al mes lo hacemos por detrás.

Pero no es lo mismo.



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* Relato de ficción. Cualquier parecido de este relato con la realidad es mera coincidencia. De la misma manera, cualquier inferencia, deducción, conclusión, ilación, conexión, relación, derivación o conclusión que el lector pudiera crear y/o inferir a partir de este relato de ficción es producto de la mente y de la imaginación del propio lector.


5 Mar 2013

Life and figs

A friend sends me some few lines. Her life, those little daily things that make life being wht life is: life.
She's far more generous than I am: her letter (yes, you can still write letters, even if you send them by email) answers my previous little shabby email with nice words, lots of them.

And then, something which is possibly the real answer. A text from Sylvia Plath:

“I saw my life branching out before me like the green fig tree in the story. From the tip of every branch, like a fat purple fig, a wonderful future beckoned and winked. One fig was a husband and a happy home and children, and another fig was a famous poet and another fig was a brilliant professor, and another fig was Ee Gee, the amazing editor, and another fig was Europe and Africa and South America, and another fig was Constantin and Socrates and Attila and a pack of other lovers with queer names and offbeat professions, and another fig was an Olympic lady crew champion, and beyond and above these figs were many more figs I couldn't quite make out. I saw myself sitting in the crotch of this fig tree, starving to death, just because I couldn't make up my mind which of the figs I would choose. I wanted each and every one of them, but choosing one meant losing all the rest, and, as I sat there, unable to decide, the figs began to wrinkle and go black, and, one by one, they plopped to the ground at my feet.”


Thanks, A.
Yes, it's a matter of choices. And being brave and not voracious, velleitely voracious.