9 Jun 2016

Pasear por Madrid es mi otra música


Pasear por Madrid es mi otra música.

Hubo un tiempo en el que esta ciudad me dolía. Hay veces, cuando llueve, en las que aún duele y hay barrios que escuecen como guindilla en vena. Pero hoy paseo, me paro, miro alrededor. Y Madrid me resuena en el cuerpo como una suma de armónicos. Paso delante de ese bar de  Lavapiés donde Gael, la camarera francesa, se sentó conmigo aquella noche de hace más de cuatro años y pico, cuando yo quise tomarme un té y Gael, de camarera desconocida, se convirtió por una noche en el Mundo Gael: una maraña de pelo negro dulce, con olor a cítricos y acento bretón.
Quién sabe por dónde andará, ahora, Gael.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Llevo dos horas andando. Vuelvo a salir a la calle, sin la mochila, sin nada. Yo y mi Madrid. No he venido para encontrarme con la ciudad. Nunca vengo para eso, pero la ciudad me sale al paso, a cada paso. Madrid, de alguna manera, fue mi nodriza. Y me sigue ofreciendo la teta, aunque lleve tiempo habiendo cortado el cordón. Cosas de las madres y afines: siempre te ven como un niño.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Hay barrios que conozco como mis manos: de haberme comido las uñas mirando bien antes adónde iba a parar el mordisco, de haberlas regado con lágrimas y haber contemplado como mi piel las absorbía, de haber tocado por sus calles las llaves de mi saxo a ciegas. Hay barrios en los que viví la ilusión de tenerlo todo y la otra ilusión: la de haberlo perdido todo. Hay un barrio en el que perdí una niña. Otro en el que creí tener familia. Y hay barrios que no conozco aún, y que me esperan, con batería, guitarra, bajo y toda una sección de vientos, fumando y esperando a que llegue el solista.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Suena una flauta en esta calle Bellavista. Subo desde la plaza de Lavapiés. Un chico más flautas que perro está enmarcado en una de las puerta-ventanas de este bareto. Waltzing Matilda. Una flauta de plástico, a veces, puede hacer maravillas. Bien lo sabré yo. Me paro unos metros más arriba. Y escucho. Esta otra que toca ahora la conozco, pero no me acuerdo del título. Hay momentos, como éste, en los que te das cuenta, de repente, con una sonrisa, de que falta algo. Y entonces juegas a un juego de magia, y le envías esas notas a alguien.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Fue también un canto a cappella, durante ese tiempo largo que huyó tan deprisa. Cuatro años de nada. En la memoria llevo gestos, ese mohín que tan feliz me hacía, y ese modo de quedarte en ti misma, con el curvo reposo de una imagen de marfil.
No es gran cosa ese todo que me queda. Además opiniones, cóleras, teorías, nombres de amigos y amigas, la dirección postal y telefónica, unas fotografías, un perfume de pelo, y una presión de manos pequeñitas donde nadie diría que se me esconde el mundo.


Pasear por Madrid es mi otra música.


Otra, sí. Porque hay una que me acompaña siempre. Es esa orquesta que me corre por las venas y las entrañas. Es esa música que sólo puedes escuchar si te acercas, y pones la oreja, y cierras los ojos. Es la música que en su momento algunas personas se sentaron a compartir, a veces durante años, hasta que dejamos de oírla los dos. Es la música que Gael quiso compartir una noche y Gisela —llamémosla así— unos años, hasta que quedó fascinada por la escala árabe (que, btw, es la misma que la mía, la napoletana). Pero sobretodo es la música que Antonio, Luis, Sergio, Giulia, Ricardo, Margherita, el Antonio el Cosmópata, esperaron con paciencia cuando la orquesta se tomó las vacaciones y dejó de tocar, dejando un silencio espeso y negro. Y aplaudieron cuando la música volvió, tímida, con sus primeras notitas. A ese público me debo. Con gratitud. Y amor.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Otra sí. También porque cambia. Porque sé que dentro de unas semanas, cuando Madrid y yo nos encontremos otra vez, y caiga el vermú de bienvenida, me tendrá preparada alguna composición nueva. O tal vez vieja, pero con unas florituras nuevas. Yo, como siempre, beberé lento mi vermú, que me gusta, y me reiré, o se me saltará alguna lágrimita (que a veces es así, Madrid, va y te toca la cuerda sensible y yo soy de esos que lloran en las películas).


Pasear por Madrid es mi otra música.

A veces noto que falta un instrumento, una bonita arpa que era un violín que era un óboe que era un clarinete pero que sobretodo era una guitarra. Ahora es una Darbuka, o un Tbilat, o un Gmbir o un laúd de esos marroquíes, pero ya no lo toco yo.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Ahora me resuena en los oídos. Mañana, cuando las notas habrán desaparecido en la distancia, cuando ese tren que nunca se levantará del suelo —pero al que le han puesto nombre de ovíparo volador— me habrá sacado de esa caja de resonancia que hace que me vibren las notas en las tripas, esa música seguirá resonándome en la cabeza. Madrid me ve a menudo y sin embargo me reclama siempre. Y yo a ella. No se acostumbra uno a las despedidas, por frecuentes que sean.


Pasear por Madrid es mi otra música.

A veces esa música me suena por dentro, aquí en Sevilla.

27 May 2016

Noche insomne





















Dime por qué todavía te deseo,
por qué tu nombre vuelve
como el hacha a la herida
en una amarga visitación de medianoche
a la verja de un campo funerario donde las larvas
multiplican húmedas babas,
ese recuento interminable de torpezas.

Dime, desde esa nada donde ahora te atrincheras,
dime por qué me basta componer un mecanismo elemental de sílabas,
discar en el cogollo de la niebla las cifras de tu nombre
para que, solitariamente,
me agobie la esperanza de una menuda migración de dedos por mi pelo,
de una fragrancia en donde habita el musgo.

Lo que más añoro
es respirarte.

pla, pla, pla.


JC y yo.

5 May 2016

El regalo de un clochard

Una plaza de Sevilla. Gente en las mesas, comiendo caracoles. Una fiesta swing en la calle. Un "clandestino", que lo llaman: nos encontramos en un sitio, nos ponemos a bailar. Yo estoy mirando a los demás, en medio de tantos.

Un hombre. Turco. Quemado por el sol. Un clochard. Se acerca. Mucha gente que se aparta. Viene a mí.

—Un cigarro. Me das?
—Yo te lo lío, espera.
—Me compras una cerveza?
—Claro. Voy.


Vuelvo. Con la cerveza.

—Qué te duele? Algo te duele— me dice.
—Me duele el pecho. Me hice daño este finde. Me duele a cada respiro.
—Ponte la mano alli. Repite. Diez veces por lo menos: "Soy bueno. Soy fuerte. No me duele na'."

Yo repito. Él cuenta, entreabriendo los dedos de las manos y mirándolos. Cuenta, para estar seguro de que yo repita lo necesario. Diez veces: "Soy bueno. Soy fuerte. No me duele nada."
 Se va, cerveza en la mano.

Cojo la bici. Mientras pedaleo en la noche, voy repitiendo ese mantra que se me ha pegado al cerebro como una masita pegajosa. Llego a casa. Respiro fuerte. No sé, parece que duele menos.
 —Soy bueno. Soy fuerte. No me duele nada.

Un hombre. Turco. Quemado por el sol. Un clochard.