27 Feb 2021

 


Se te ocurrió decírnoslo en un bar,

recuerdas,

delante de un café con leche en vaso:

“debían de oler a eso los mayores,

a coliflor cocida,

a ese aire un poco mustio cargado de humedad”.

 

Sorbías el café con una paja

sin encontrarle el gusto de hace tiempo:

“el mismo olor lo siento en las promesas

aquellas que me hacía cuando era niño”

 

Qué pena.

 

Será que todo huele un poco a puerro

—cuesta muy poco, aunque no me guste— 

y mezclo tus palabras con mi sangre

y me la encuentro espesa como un soneto malo.

Tal vez será por eso que recuerdo,

y se me ocurre que hace tiempo que no escribes:
ya no te crees lo que me decías

que no se queman así de fácil bibliotecas

de libros de deseos y de versos.

 

“Y es que lo sabíamos de antemano:

jugábamos a ser niños ya mayores

de vuelta de las cosas de la vida

‘la vida es sueño: el sueño de la vida’.

Eso lo escribía cuando tenía quince.

 

Llevábamos ya dentro esa semilla

abonada con la mierda que escribíamos,

que nos pudrió la sangre poco a poco.

Quién sabe si en el fondo de las cosas

nos espera solamente la tristeza”

Eso decías.

 

Será que todo huele un poco a puerro,

—debían de oler a eso los mayores—

pero me voy oliendo los sobacos

y casi me convences: me pincho

y lo que sale es sangre condensada.

 

Por fin creció esa semilla, mira qué frutos.

Tuvimos que ponerle mucho abono.

Acabo de probar uno de ellos.

 

Tenías razón:

adulto sabe a niño adulterado.

 

.............................................. 

Un homenaje (de hace años ya) a ese niño que uno va redescubriendo. Y a mi amigo Alejandro https://todoal59.blogspot.com/ al que he saqueado varios versos, porque su poesía siempre me ha movido cosas por dentro.

9 Jun 2016

Pasear por Madrid es mi otra música


Pasear por Madrid es mi otra música.

Hubo un tiempo en el que esta ciudad me dolía. Hay veces, cuando llueve, en las que aún duele y hay barrios que escuecen como guindilla en vena. Pero hoy paseo, me paro, miro alrededor. Y Madrid me resuena en el cuerpo como una suma de armónicos. Paso delante de ese bar de  Lavapiés donde Gael, la camarera francesa, se sentó conmigo aquella noche de hace más de cuatro años y pico, cuando yo quise tomarme un té y Gael, de camarera desconocida, se convirtió por una noche en el Mundo Gael: una maraña de pelo negro dulce, con olor a cítricos y acento bretón.
Quién sabe por dónde andará, ahora, Gael.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Llevo dos horas andando. Vuelvo a salir a la calle, sin la mochila, sin nada. Yo y mi Madrid. No he venido para encontrarme con la ciudad. Nunca vengo para eso, pero la ciudad me sale al paso, a cada paso. Madrid, de alguna manera, fue mi nodriza. Y me sigue ofreciendo la teta, aunque lleve tiempo habiendo cortado el cordón. Cosas de las madres y afines: siempre te ven como un niño.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Hay barrios que conozco como mis manos: de haberme comido las uñas mirando bien antes adónde iba a parar el mordisco, de haberlas regado con lágrimas y haber contemplado como mi piel las absorbía, de haber tocado por sus calles las llaves de mi saxo a ciegas. Hay barrios en los que viví la ilusión de tenerlo todo y la otra ilusión: la de haberlo perdido todo. Hay un barrio en el que perdí una niña. Otro en el que creí tener familia. Y hay barrios que no conozco aún, y que me esperan, con batería, guitarra, bajo y toda una sección de vientos, fumando y esperando a que llegue el solista.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Suena una flauta en esta calle Bellavista. Subo desde la plaza de Lavapiés. Un chico más flautas que perro está enmarcado en una de las puerta-ventanas de este bareto. Waltzing Matilda. Una flauta de plástico, a veces, puede hacer maravillas. Bien lo sabré yo. Me paro unos metros más arriba. Y escucho. Esta otra que toca ahora la conozco, pero no me acuerdo del título. Hay momentos, como éste, en los que te das cuenta, de repente, con una sonrisa, de que falta algo. Y entonces juegas a un juego de magia, y le envías esas notas a alguien.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Fue también un canto a cappella, durante ese tiempo largo que huyó tan deprisa. Cuatro años de nada. En la memoria llevo gestos, ese mohín que tan feliz me hacía, y ese modo de quedarte en ti misma, con el curvo reposo de una imagen de marfil.
No es gran cosa ese todo que me queda. Además opiniones, cóleras, teorías, nombres de amigos y amigas, la dirección postal y telefónica, unas fotografías, un perfume de pelo, y una presión de manos pequeñitas donde nadie diría que se me esconde el mundo.


Pasear por Madrid es mi otra música.


Otra, sí. Porque hay una que me acompaña siempre. Es esa orquesta que me corre por las venas y las entrañas. Es esa música que sólo puedes escuchar si te acercas, y pones la oreja, y cierras los ojos. Es la música que en su momento algunas personas se sentaron a compartir, a veces durante años, hasta que dejamos de oírla los dos. Es la música que Gael quiso compartir una noche y Gisela —llamémosla así— unos años, hasta que quedó fascinada por la escala árabe (que, btw, es la misma que la mía, la napoletana). Pero sobretodo es la música que Antonio, Luis, Sergio, Giulia, Ricardo, Margherita, el Antonio el Cosmópata, esperaron con paciencia cuando la orquesta se tomó las vacaciones y dejó de tocar, dejando un silencio espeso y negro. Y aplaudieron cuando la música volvió, tímida, con sus primeras notitas. A ese público me debo. Con gratitud. Y amor.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Otra sí. También porque cambia. Porque sé que dentro de unas semanas, cuando Madrid y yo nos encontremos otra vez, y caiga el vermú de bienvenida, me tendrá preparada alguna composición nueva. O tal vez vieja, pero con unas florituras nuevas. Yo, como siempre, beberé lento mi vermú, que me gusta, y me reiré, o se me saltará alguna lágrimita (que a veces es así, Madrid, va y te toca la cuerda sensible y yo soy de esos que lloran en las películas).


Pasear por Madrid es mi otra música.

A veces noto que falta un instrumento, una bonita arpa que era un violín que era un óboe que era un clarinete pero que sobretodo era una guitarra. Ahora es una Darbuka, o un Tbilat, o un Gmbir o un laúd de esos marroquíes, pero ya no lo toco yo.


Pasear por Madrid es mi otra música.

Ahora me resuena en los oídos. Mañana, cuando las notas habrán desaparecido en la distancia, cuando ese tren que nunca se levantará del suelo —pero al que le han puesto nombre de ovíparo volador— me habrá sacado de esa caja de resonancia que hace que me vibren las notas en las tripas, esa música seguirá resonándome en la cabeza. Madrid me ve a menudo y sin embargo me reclama siempre. Y yo a ella. No se acostumbra uno a las despedidas, por frecuentes que sean.


Pasear por Madrid es mi otra música.

A veces esa música me suena por dentro, aquí en Sevilla.

27 May 2016

Noche insomne





















Dime por qué todavía te deseo,
por qué tu nombre vuelve
como el hacha a la herida
en una amarga visitación de medianoche
a la verja de un campo funerario donde las larvas
multiplican húmedas babas,
ese recuento interminable de torpezas.

Dime, desde esa nada donde ahora te atrincheras,
dime por qué me basta componer un mecanismo elemental de sílabas,
discar en el cogollo de la niebla las cifras de tu nombre
para que, solitariamente,
me agobie la esperanza de una menuda migración de dedos por mi pelo,
de una fragrancia en donde habita el musgo.

Lo que más añoro
es respirarte.

pla, pla, pla.


JC y yo.

5 May 2016

El regalo de un clochard

Una plaza de Sevilla. Gente en las mesas, comiendo caracoles. Una fiesta swing en la calle. Un "clandestino", que lo llaman: nos encontramos en un sitio, nos ponemos a bailar. Yo estoy mirando a los demás, en medio de tantos.

Un hombre. Turco. Quemado por el sol. Un clochard. Se acerca. Mucha gente que se aparta. Viene a mí.

—Un cigarro. Me das?
—Yo te lo lío, espera.
—Me compras una cerveza?
—Claro. Voy.


Vuelvo. Con la cerveza.

—Qué te duele? Algo te duele— me dice.
—Me duele el pecho. Me hice daño este finde. Me duele a cada respiro.
—Ponte la mano alli. Repite. Diez veces por lo menos: "Soy bueno. Soy fuerte. No me duele na'."

Yo repito. Él cuenta, entreabriendo los dedos de las manos y mirándolos. Cuenta, para estar seguro de que yo repita lo necesario. Diez veces: "Soy bueno. Soy fuerte. No me duele nada."
 Se va, cerveza en la mano.

Cojo la bici. Mientras pedaleo en la noche, voy repitiendo ese mantra que se me ha pegado al cerebro como una masita pegajosa. Llego a casa. Respiro fuerte. No sé, parece que duele menos.
 —Soy bueno. Soy fuerte. No me duele nada.

Un hombre. Turco. Quemado por el sol. Un clochard.

27 Apr 2016

Me duele mi niña en todo el cuerpo

Nunca oiré tus llantos,
nunca oiré cómo suenan tus risas.
Todo es silencio.
Y me ensordece.

24 Apr 2016

Un día te enseñé a coger erizos

Hay algo que no sé si perdonarme:
que te enseñara un día a coger erizos.

El mar rosmaba suave y estaba claro,
y tú eras un pez entre otros peces.
Te regalé uno de mis secretos:
que las erizas, como tú, son vanidosas,
que se adornan las espinas, como tú.

Estaba ese secreto, reservado:
por años lo cuidé como oro en paño,
hasta esa tarde en la Playa de Los Muertos
en la que yo me dije: she's the one,
así, en inglés, que suena más rotundo.

Y ahora.
Ahora.

Sé que ese secreto va a ser otra baratija,
gracia graciosa entre tus muchas
(tu ser gacela, y hasta tu mismo nombre)
que adornará tu máscara, esa Gioconda
obra de paciencia y muchos años

y que se la regalarás, regalo seductor,
como si fuera baratija, curiosidad
entre curiosidades de arte bruto
a ese otro en el que ahora aparcas.

Un día te ensené a coger erizos,
compartí un secreto reservado,
y me arrepiento, por haberme así vaciado
cegado por la marañas de tus rizos
esos que, ahora veo, nunca tuviste,
(es pelo liso el tuyo, espinas wannabe).

5 Apr 2016

Fin de un amor (el tuyo)

Hace tiempo ya que te mandé esto
(era una mañana de sol y me querías. Y yo a ti)

El sol te saluda a cuatro manos 
y la fiesta está en el fondo de mis ojos (eso me dicen)

(Cuando los espejimos se reunieron en subasta 
alguien lanzó tu nombre y nadie supo pronunciarlo: 
buscaban espejismos y no sabían que había trampa. 
Yo te vi de veras y y supe decirte hola)

Ya no hay fiesta en el fondo de mis ojos (eso me dicen)
Quedan las mesas llenas de botellas de refrescos a medias, 
vasos sucios, algunos volcados.

Y no tengo ganas de limpiar.
Pero ahí voy, recogiendo de a poquitos.

Dios, cómo duele todo.

12 Jul 2015

La mafia en "blu, dipinto di blu" o el calvario greco

Greece, the calvary
Original illustration by Norma Bars - The Guardian (refaced by me)

Lo hemos visto en películas, más de una vez: no pagas la deuda que has supuestamente contraído (real o inventada: ese "pizzo" que se te obliga a pagar por una supuesta protección) y entonces —en la cruel y despiadada tradición y lógica mafiosa— te conviertes de amigo/socio/protegido en un enemigo. Y como enemigo eres castigado: terminas muerto o tullido (en este útlimo caso, la muerte es simbólica: ya no puedes trabajar para pagar tu deuda y tus castigadores, además, te destinarán una pequeña pensión vital, para que sepas que vives dependiente de ellos, igual que antes, pero mucho peor).

A golpes de bates de béisbol —al estilo de los Mobs estadounidenses— o con una bala de "lupara" en el más tradicional estilo Siciliano y, en ambos casos, con el cuerpo dejado en un lugar bien visible para que sirva de amonestación y guía. A los que no pagan se les mata/invalida así (otros tipos de muertes se reservan a los que hablan demasiado, o a los que investigan y hay una intricada y confusa esotericidad relacionada con la elección de los modus occidendi).

Una persona sabia sabe que a la vaca, para poder ordeñarla, hay que darle de comer. Sin embargo, si es verdad que la sabiduría es el producto de la experiencia de años y siglos de  existencia humana, es fácil imaginar que sabidurías puede haber más de una. Como ésta que acabamos de describir: la sabiduría de la violencia mafiosa. Esa sabiduría que sabe que imponer —pena la muerte o la invalidez— a un ser sintiente, que se deje ordeñar sin que se le dé apenas comida, muchas veces —muchísimas veces— funciona y da sus resultados. La mafia funciona así.

Y la Troika también. Ese triumvirato que firma los destinos y las sentencias de los que pertenecen a este club europeo  —Lagarde, Junker, Draghi o, de otra manera, FMI, EC, BCE— mata o invalida al deudor para que sea de ejemplo y amonestación para todos los demás. Mano dura con los rebeldes para que a nadie se le ocurra rebelarse (máxime si se piensa que las elecciones del otro posible contagiado por la rebeldía —España— están a la vuelta de la esquina).

Sin embargo, hay veces en las que la violencia ya no es fruto de sabiduría, sino de pura tradición y —sobre todo— costumbre. Y lo que pasa es que cuando esa violencia no va acompañada por las gafas de esa aborrecible sabiduría, se mueve como si ya no tuviera casi ojos: ciega y miope, no ve más lejos de sus narices. Y la caga.

No ver cuáles pueden ser, en un plazo no muy largo, las consecuencias de esa lógica mafiosa —aunque vestida de azul eléctrico y con estrellitas— nos puede costar caro a todos. Basta con que la troika siga con su ceguera y luego todos pagaremos. Es cuestión de tiempo.

Para ver cómo opera esta mafia en azul, tecnócrata (dicen) pero política y apegada al poder en realidad, basta ver el documento retocado por ellos (lo publicó el Wall Street Journal). El track changes en rojo enseña todos los cambios de la Troika: aquí se ve cómo con ensañamiento casi maniacal ha eliminado toda referencia a los "más necesitados" («most in need») Ha negado la posibilidad de mantener un IVA más baja (13%) para los alimentos básicos (en lugar de "Basic food" escriben "unprocessed food", es decir, materias primas como la fruta, verdura (para poner un ejemplo, la harina sería un "basic food", pero el pan, la pasta, no, porque son  "procesados", con lo cual el IVA aplicada sería del 23%) y el IVA al 6% para los materiales médicos (cambian "medical supplies" por "Pharmaceuticals", con lo cual el IVA al 6% sólo quedaría para los productos farmacéuticos, dejando con un IVA mucho mayor todos los demás productos médicos).

Cierro con una cita del artículo publicado en El País por Paul Krugman en el que afirma que Grecia sí debe salir del euro. (Yo no soy economista y muy poco entiendo de economía, y este señor Krugman, Nobel en Economía en 2008, a menudo ha dicho cosas que me repatean, pero otras me ha fascinado).

"No nos dejemos engañar por aquellos que afirman que los funcionarios de la troika son sólo técnicos que explican a los griegos ignorantes lo que debe hacerse. Estos supuestos tecnócratas son, en realidad, fantaseadores que han hecho caso omiso de todos los principios de la macroeconomía, y que se han equivocado en cada paso dado. No es una cuestión de análisis; es una cuestión de poder: el poder de los acreedores para tirar del enchufe de la economía griega, que persistirá mientras salida del euro se considere impensable."

Para terminar, y para ver de qué manera las dinámicas mafiosas se han vestido de blu, dipinto di blu y han cambiado su bilingüismo sículo-inglés al alemán y al inglés europeo que se habla en Bruselas, aquí va el último artículo de Yanis Varoufakis, en The Guardian.

21 Dec 2013

La palabra que no se puede decir (*)

Somos ya pocos los que sabemos que la madre del ministro quería abortar. Yo trabajaba en el hospital, de mozo, limpiando, y se lo oí decir muchas veces.

Decía, la madre del ministro, que odiaba "esa cosa" (lo decía, así, sin preposición: sentía que aquéllo que llevaba ahí dentro no tenía ni el menor atisbo de humanidad), y que Dios la perdonara, pero que aquello no lo quería, que llevaba dentro un veneno, un engendro, algo asqueroso. Que ella lo que había querido era un hijo, y no esa cosa que llevaba en la barriga. A escondidas del marido, decía, comía enteros manojos de perejil y luego se pegaba hostias a la barriga, esperando que aquéllo muriera y se le provocara un aborto.


Luego se persignaba, dice, y rezaba, pidiendo perdón al Todopoderoso y preguntándole que por qué, por qué a ella, que por favor, por favor, sácame esto de aquí, ¿por qué me das esta cruz?

Pero la cruz, decía la madre del ministro, la tuvo que llevar hasta al final. Hasta el final de mi vida, decía, tendré que llevarla. Y aquello nació. Y como cruz que era, decía la madre del ministro, nació aquello cruzado.

Se lo veía en los ojos, decía la madre del ministro. Se lo empecé a ver en los ojos desde que nació: desde su primera mirada supe que él lo sabía, que sabía que era yo quien le daba puñetazos a través de mi barriga. Se lo veía en los ojos que me odiaba. Igual que yo le odiaba a él. Se me fue la leche, tenía los pezones en carne viva por las mordeduras de aquél engendro y aquéllo, dios mío, me lamía la sangre. Se lo dije al cura y me dio cuarenta Ave Marías y cuarenta Padre Nuestros.

Eso decía la madre del ministro.

Dicen algunos, ahora (ahora que la mitad calla y la otra mitad espera en silencio o sólo comenta la situación en voz baja y en casas de amigos y confiados, ahora que todo lo feo ha ocurrido), dicen algunos que es por eso que el ministro odiaba a las mujeres y creía que eran cosas y que como cosas había que tratarlas, que pegaba a su mujer y que le habría gustado pegarlas a todas. Ahora que las mujeres ya no pueden votar y deben por ley obedecer a los maridos y pasar la primera noche de bodas en una de las casas de los doce hijos del ministro —tal y como dice la Nueva Biblia Reformada, que hace de texto sagrado amén que de Constitución— ahora, en las noches de invierno, cuando nos reunimos en los sótanos a la luz de las velas (hay que apagar la luz a las 10 y media, hay que mantener las persianas siempre abiertas y cualquier tenue halo de luz puede significar la visita intempestiva de la Brigada), cuando llega el momento de los cuentos, las madres, que son las encargadas —por ley— de ocuparse de los retoños, les cuentan a los niños que hay una palabra que no deben pronunciar nunca, pues está prohibida. Y les cuentan que esa palabra que han oído quién sabe dónde y que preguntan qué es, no es, como dice papà, "algo que se puede comer pero que ya no existe", sino una palabra mágica que hace que vengan los malos de la Brigada para llevarse a mamá y papá, si se la oyen decir en la escuela.

Porque ésa palabra, "trauma", es la palabra que no le gusta oír al ministro, que le pone furioso, le transforma en algo muy feo. La psicóloga que, justo al comienzo de "todo lo feo", había publicado un artículo diciendo que el ministro tenía un fuerte trauma infantil, probablemente prenatal, por el que había desarrollado varios complejos y síndromes al mismo tiempo (de Faetón, de Zeus, de Cronos, y la variante de Edipo Violador) fue encarcelada, torturada y justiciada al garrote vil.

Cuando las velas se apagan, los niños se agarran a las faldas de la madre (a las mujeres les está prohibido llevar pantalones, ahora) y se van a la cama temblando. Antes de irnos a la cama, a los maridos nos hacen una paja, porque así estamos tranquilos, que hijos ya hay demasiados y ahora que incluso han prohibido la venta del film transparente (las parejas lo utilizaban como preservativo, desde que aquellos se prohibieron) hay que cortarse un poco.

Una vez al mes lo hacemos por detrás.

Pero no es lo mismo.



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* Relato de ficción. Cualquier parecido de este relato con la realidad es mera coincidencia. De la misma manera, cualquier inferencia, deducción, conclusión, ilación, conexión, relación, derivación o conclusión que el lector pudiera crear y/o inferir a partir de este relato de ficción es producto de la mente y de la imaginación del propio lector.


5 Mar 2013

Life and figs

A friend sends me some few lines. Her life, those little daily things that make life being wht life is: life.
She's far more generous than I am: her letter (yes, you can still write letters, even if you send them by email) answers my previous little shabby email with nice words, lots of them.

And then, something which is possibly the real answer. A text from Sylvia Plath:

“I saw my life branching out before me like the green fig tree in the story. From the tip of every branch, like a fat purple fig, a wonderful future beckoned and winked. One fig was a husband and a happy home and children, and another fig was a famous poet and another fig was a brilliant professor, and another fig was Ee Gee, the amazing editor, and another fig was Europe and Africa and South America, and another fig was Constantin and Socrates and Attila and a pack of other lovers with queer names and offbeat professions, and another fig was an Olympic lady crew champion, and beyond and above these figs were many more figs I couldn't quite make out. I saw myself sitting in the crotch of this fig tree, starving to death, just because I couldn't make up my mind which of the figs I would choose. I wanted each and every one of them, but choosing one meant losing all the rest, and, as I sat there, unable to decide, the figs began to wrinkle and go black, and, one by one, they plopped to the ground at my feet.”


Thanks, A.
Yes, it's a matter of choices. And being brave and not voracious, velleitely voracious.



21 Feb 2013

La Ventura de llamarse Fernando




«La mentira, es decir, el relato de las bellas cosas falsas, constituye el fin mismo del arte.» 

La importancia de llamarse Ernesto 
(Oscar Wilde)


Fernando Ventura también miente, a su manera, cuando relata una realidad de que de bello no tiene ni un pelo. La realidad de Fernando no es bella. Su realidad es una realidad peluda: lo que tiene es vello, no bello. Fernando Ventura hace arte. A pelo. Y sin embargo, el fin de su arte no es el relato en sí mismo, como dice Oscar Wilde, sino la mera contrucción de un salvavidas.

Fernando Ventura tiene un nombre que es una paradoja. O tal vez no. A él supongo que no se le ha ocurrido nunca. O tal vez sí, quién sabe.

Fernando vive en la calle, «hace la calle» desde hace tiempo. Fernando es uno de esos a los que el lenguaje descarnado del pueblo ha llamado desde siempre «pobres» y a los que hoy se les llama «sin techo» —a la espera de que en la Real Casa de la Hipocresía, donde desde hace un par de siglos se acuñan las palabras de la desigualdad, salga un término mejor, que dé aún menos miedo pero que cree aún más distancia de los que pobres no lo son.

Fernando vive la desventura de no tener —repito sus mismas palabras: "no tengo novia, no tengo dinero, no tengo nada"— y  al servidor que escribe esto el llamarse Ventura de este Fernando se le antoja como una mala broma de algún dios burlón (y gilipollas, como todos los dioses). Sin embargo Fernando se llama Fernando. Y si los nombres algo tienen que ver con la persona que los lleva —Fernando quiere decir, lo dice Santa Wikipedia «vida aventurera» o «el que se atreve a todo por la paz»— éste es seguramente su caso.


Fernando es un outsider. No es sólo un marginado, sino un verdadero outsider. Y lo que hace, ya que nos permitimos darle una etiqueta, es lo que desde hace un tiempo p'acá se viene llamando Arte Outsider, or Art brut, ya que el término lo acuñó un francés, Dubuffet.

Fernando retrata caras. De conocidos, de gente de la calle —gente que hace la calle y pone al descubierto las miserias que muchos no queremos ver— y lo hace desde dentro. No te saca el alma, ni lo pretende. Sino que saca su alma, y la vierte sobre todo papel dibujable que encuentra por ahí (y a veces compra). Si Fernando te retratara, no te reconocerías, porque en todos sus retratos Fernando se retrata a sí mismo. En cada trazo de carbón hay un miedo, una congoja, una risa sardónica, una vibración cósmica, de ese cosmos que es el mundo interior de uno, ese caos primigenio que cada uno tiene dentro, quiera o no quiera verlo. No sé, ni quiero saberlo,  que hay dentro de ese big-bang que se gesta continuamente en la psique de Fernando, como también en la tuya que estás leyendo esto, pero lo intuyo cuando me planto delante de sus retratos. Y lo que se intuye es algo que remueve, porque le pone a uno delante de su propia alma, de su propio continuo terremoto cósmico que  tiene lugar en nuestra propia psique. Uno podría decir que tiene algo de Munch, o de Bacon, pero si hay algo en lo que se le puede comparar a estos que acabo de mencionar es precisamente en eso: en esa cosa líquida, viscosa, ese caldo primordial hecho de miedos, de gritos silenciosos, de magma infernal que alimenta las peores pesadillas que invaden los sueños cuando algo destapa el vaso de Pandora de nuestras ánimas.


Sé algo de la vida de Fernando, de su período en un grupo punky, de sus noches y días alcóholicos (ya no bebe, desde que ha empezado a dibujar), de su insaciable hambre de palabras (Fernando devora libros, uno al día, en los siete largos lunes al sol que conforman su semana), pero su vida no es algo que yo vaya a relatar aquí, sin su permiso. Aquí sólo quiero enseñar algunos dibujos, con unas fotos sacadas con un teléfono en la Galería Alegría, en la Plaza de Cascorro de este Madrid capital que tanto extraño desde mi exilio Sevillano.


Los dibujos hablarán por sí solos. Pero las fotos son fotos. Hay que ir allí, en la Galería Alegría, y verlos. Y hablar con él, con ese hombre que tiene la Ventura de llamarse Fernando, y que miente tan bellacamente mezclando las caras de la gente y su alma en un combinado que no vais a encontrar en ningún bar. Ni en ninguna galería. Excepto en la Alegría, ésa que tiene la Ventura de tener a Fernando.

Para el que quiera saber más sobre Arte Outsider, aquí va una página que os va a deleitar: El hombre jazmín.

Ahí van los dibujos de Fernando (gracias al Hombre Jazmín por ceder algunos de ellos y por descubrirme a Fernando).








  


  




27 Nov 2012

Recorre los campos azules - Claire Keegan


«—Sí —dice el chino—. Usted problema.—¿Mi problema? El chino asiente. —No tengo problema —dice el sacerdote.
El chino se ríe; comprende que eso es lo que dice la gente que tiene problemas.»

De alguna manera, Hemingway era irlandés. Tenía yo unos trece años cuando leí por primera vez un libro de relatos escritos por él. Era uno de los cinco libros que había en esa casa que fue y sigue  siendo la casa de mis padres. Por entonces —eso lo sabía bien yo porque mi madre no se cansaba de decirnoslo— no había dinero en casa. Tal vez por eso no había más libros que esos cinco. Aunque, eso sí, padre leía todo lo que le cayera en mano. Yo, por el afán de poseer los libros que leía, aprendí lo que más tarde reprobaría: a robar libros en la biblioteca pública. De los cinco libros —Naná, Crimen y castigo, El jugador, El asno de oro, los primeros cuatroaquel libro titulado Los cuarenta y nueve cuentos fue el primer libro de Hemingway que leí. Y mi primer libro de relatos, también. A mí la cara que aparecía en la foto de la contraportada, barbuda y canosa, se me antojó irlandesa desde el primer día. Yo no sabía nada de Irlanda. Sólo que tenía casi la misma bandera que Italia y que (tal vez alguna peli o algo que leí) tenía que ser brumosa y triste.

Era, pues, precisamente en ese territorio donde me instalaban los relatos de Hemingway: en una tierra de tristeza honda, vieja como el mundo; una tristeza cosida a la piel misma del hombre, de ese hombre al que la Gran Madre o el Gran Padre le ha regalado en su mismo nacimiento un patrón para aprender a morir. Una interpretación de la vida en la que el nacimiento es el punto máximo vital, desde donde todo lo que sigue implica caída, decadencia. De eso, claro, me di cuenta después.

Los relatos de Claire Keegan —que de alguna manera es estadounidense, así como Hemingway es de alguna manera irlandés— me vuelven a instalar en ese mundo. Un mundo que ahora se comprende mucho más que antes no sólo porque el niño que leía a Hemingway ha crecido y reconoce ese dolor descarnado sino también porque Claire Keegan —quien ha aprendido del maestro la lección del contar y añade a lo que podría parecer un Hemingway irlandés una buena dosis de un controlado lirismo en tono menor— despoja su narrativa de toda aquella tensión de superhombría lanzada (y frustrada) hacia el futuro de los relatos de Hemingway. En Recorre los campos azules todo es un puro presente exento de cualquier esperanza: la vida de la Irlanda rural contemporánea aparece expuesta en todo su descarnado vigor (un vigor cansado y triste. Un vigor "Solitario, trite y final", como dice Osvaldo Soriano). Claire Keegan nos enseña sin pudor las entrañas sucias de una sociedad rural donde el abuso familiar y el incesto, la soledad y el alcohol, los sueños rotos y los matrimonios sin salida se mezclan en un extraño y melancólico connubio con la quietud del paisaje.

Ecribir sobre el fracaso, los sueños abortados y sobre todo sobre la soledad se ha vuelto ya un lugar común en lo que va de siglo. No hay libro de ningún escritorzuelo posmoderno que no trate, de una manera o de otra, la soledad: de alguna manera el tipo de personaje que vive en soledad a pesar de estar continuamente metido incluso en una vida frenética, configura por sí solos uno de los pilares de la literatura posmoderna. Pero en toda esta literatura este personaje se ha vuelto ya una masa indiferenciada. Claire Keegan, al contrario, no nos habla de la soledad. No escribe sobre la soledad. Sino que «escribe la soledad».

Hay algo más que me fascina en los relatos de Keegan: lo tradicional y la subversión de lo tradicional. Claire cuenta sus relatos elidiendo voluntariamente las referencias temporales. Uno pude imaginarse que las historias entán ambientadas en los 70 u '80 o hasta los '90, pero no hay ninguna referencia a ello. Y esto genera un ambiente que aunque no llega a ser ni atemporal ni fantasmagórico, sí le confiere un algo de fabuloso. Pero algo fabuloso entendido en el sentido mismo de fábula: un aire de cuento tradicional contado por una abuela delante de la chimenea. Sin embargo, Keegan lo subvierte todo, le da la vuelta del revés: mientras ese tono de fábula, lírico, confiere a los relatos un aire de tradicición, al mismo tiempo consigue un distanciamiento que convierte el relato casi en una mirada antropológica sobre los personajes, impidiendo en muchos casos una conexión emocional profunda. Y esto genera cierto desasosiego: el desasosiego del espectador que se encuentra delante de una ventana abierta desde la que se ve el dolor, la soledad, la tristeza pero que apuesta, más que a la identificación con en el personaje, más que a crear una empatía elemental o intuitiva, a la comprensión.

«Ella decía que el autoconocimiento se hallaba en el extremo del habla. El propósito de la converación era encontrar lo que, de alguna manera, uno ya sabía. Creía que en toda conversación había un cuenco invisible. La conversación era el arte de poner palabras decentes en ese cuenco y sacar otras de allí. En una conversación amorosa, uno se descubría a sí mismo de la manera más amable y, al final, el cuenco volvía a estar vacío.»
Los dos fragmentos que he citado en este post no dan en absoluto la idea de lo que son los relatos del libro. Si los he copiado aquí es porque me gustan. Vienen, ambos, del mismo relato que da título al libro. Un gran relato, como el libro mismo: Recorre los campos azules.

Obviedad: si quieres tener una idea de lo que hay en el libro, léelo. Desde aquí te prometo que no te va a decepcionar.



4 Jul 2012

Mientras tanto, cógeme de la mano

Los libros que me gustan suelen soltarme la lengua. O los dedos, encima del teclado. Pero hoy ha ocurrido algo extraño: tengo la boca seca, la lengua hinchada, los dedos torpes. No debería de estar escribiendo, porque no va a haber el mínimo atisbo de magia en lo que escriba. Me he quedado, sencillamente, hueco de palabras, huero. Y, sin embargo —tozudo soy —quiero dejar constancia de ello. Y de lo que, creo, ha sido la causa.

Me descubren a un poeta. (Un regalo de G. De G de Gracias.) Me descubren una manera de contar la vida: Kirmen Uribe.

Os dejo en sus manos. O en sus palabras.

La isla

Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Desde la isla se oye un rumor lejano.

Vamos al agua desnudos.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Mira, el mar mueve la arena
como el viento mueve el trigo.
Bajo el agua te veo.
Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.
Me gusta tu pubis convertido en alga.

Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.
Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.
la misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.
Los segundos se confunden con los siglos y los siglos con los segundos.

Anémonas, salmonetes, erizos.
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.


Beso

Mis pechos son pequeños y mis ojos redondos.
Tus piernas, largas y frías
como el agua de la fuente.
Te mordisqueo el cuello,
lo tienes firme, inmaduro aún,
como una nuez recién caída.
Te pones arriba y me besas el vientre,
húmedas olas por toda mi piel,
ahora aquí, ahora allá, como las primeras gotas que caen
antes de que descargue la tormenta: pla, pla, pla.

Nos quedamos dormidos,
pecho y espalda se cierran
como unos labios tras un suspiro.


El río

En otro tiempo hubo un río aquí,
donde ahora hay bancos y losetas. 
Hay más de una docena de ríos bajo la ciudad, 
si hacemos caso a los más viejos. 
Ahora es sólo una plaza en un barrio obrero.
Y tres chopos son la única señal
de que el río sigue ahí abajo. 


En cada uno de nosotros hay un río oculto
a punto de desbordarse. 
Si no son los miedos, es el arrepentimiento. 
Si no son las dudas, la impotencia. 


Un viento del Oeste azota los chopos. 
La gente avanza a duras penas. 
Desde el cuarto piso una mujer mayor
está tirando ropa por la ventana: 
tira una camisa negra y una falda de cuadros
y un pañuelo de seda amarillo y unas medias
y aquellos zapatos que llevaba
el día de invierno que llegó del pueblo. 
Unos zapatos de charol, blancos y negros. 
Sus pies parecían avefrías heladas en la nieve. 
Los niños echan a correr tras la ropa. 
Al final, ha sacado su vestido de boda, 
se ha posado sobre un chopo, torpemente, 
como si fuera un pájaro grande. 


Se oye un ruido. Se asustan los traseúntes. 
El viento ha arrancado de cuajo uno de los chopos. 
Las raíces del árbol parecen la mano de una mujer mayor, 
que espera que cuanto antes otra mano la acaricie. 


[los poemas son del libro Mientras tanto cógeme de la mano, de Kirmen Uribe, Visor, 2002]


29 Jun 2012

Postales #009: Boleradas




Destinatario: Cecilia Bolero Martín
Dirección: C/ Hacienda de Pavones, 209, 28030, Madrid
Fecha: 12-05-11 [franqueo de Correos]


"Pasarán más de mil años muchos más. Yo no sé si tenga amor la eternidad, pero allá, tal como aquí, en la boca llevarás sabor a mí".

Ayer estuve bailándola contigo, a solas. Tú, que no sabes cómo sé.

B.





27 Jun 2012

Postales #008: Juegos de memoria y olvido




Destinatario: Emiliano [apellido no legible]
Dirección: P.za Cristo de Burgos, 31-3ºC, 41003 Sevilla, Spain
Fecha: 27 - Agosto - 1940


Queridos amigos Concha y Manolo: hace más de año y medio que no tengo noticias vuestras sino indirectas. Sé que os va bien [palabra ilegible] y que estáis bien. Nada más. Yo os recuerdo y pienso en Paloma, que os irá dejando viejos. No se dirá que como poetas hemos tenido una vida poco accidentada. Cuando Paloma tenga nuestra edad actual, acudirán a ella nuestros futuros admiradores a inquirir detalles auténticos de nosotros que seremos tan legendarios autores como Garcilaso o Bécquer.


Os abraza,


Luis Cernuda






21 Jun 2012

La Ciudad (título provisional). #01


Prólogo
(Quince años antes, o sea: siglos)




1.
Mañana temprano: un hombre se despierta soñando. Desde la rendija de su cartónembalajedefrigorífico, ahora casa-cama-plegable-para-dormir-donde-sea-conque-no-llueva, vislumbra un sol naciente y una luz feliz. 

Toda la ciudad duerme. Es un domingo de junio. En el Centro, Los Vips acaban de caer sobre sus colchones de agua mineral Pepsicoca con la nariz todavía empolvada y la boca reseca. Los MásVips no duermen porque su sueño y sus vacaciones son el trabajo: sencillamente reposan conectados por intravenosa al ordenador en stand-by. 

El Pabellón de Gobierno está casi vacío. Casi. Una, dos, tres sombras se mueven disimuladamente en la semioscuridad que el sol va hiriendo poco a poco desde la cúpula de cristal de Bohemia, hasta formar una única, monstruosa sombra de cincuenta brazos, cincuenta piernas y un cerebro y medio por un total de dieciocho matabazooka, ochenta y tres uzimetrallas, doscientos veinticuatro ananas-bomb, una cantidad indeterminada de balas simples, tres cajas con minitanque de montaje rápido y una manita de plástico rojo de tres centímetros por cinco en inequívoco y suritálico gesto escaramántico (cuernos). La única cabeza y media del monstruo está atareada en dos distintas actividades: Coco, asistente-guardaespalda cerebrientero, dormita en uno de los bancos forrados de piel del Pabellón. El asistido guardaespaldado, General Franco Musolón, o restante mitad cerébrica del monstruo, está pensando que hoy es un día más cerca del comienzo que del final del mundo y de su soñada, deseada, ansiada Niúespaña, y, como todas las veces que se sumerge en pensamiento tan elevados, compone versos: 

será grande, potente y ordenada
seremos otra bez imperio
y yo su cacique elegido (por mi)
justo, firme y severio.

(El mediocerébrico Musolón es de origen itálico, aunque de segunda generación, tiene una pasión: los versos —suyos— y un conocimiento menos que aproximado de la ortografía y de la versificación. Por eso odia a los poetas. Y a los correctores.)
Arrastrado por la emoción de su imagen mediocerébrica de Niúespana, tiene un improviso espasmo, los tacones se juntan con una explosión seca, el brazo se le dispara hacia la cúpula, la mano tendida en un haz romano de nervios contraídos y la boca hace lo suyo, añadiendo un pensamiento de 800 decibelios que suena, inequívoco y chillon: 

—¡Arriba!

La sombra silenciosa tiene un estremecimiento unísono, veinticinco brazos derechos se disparan improvisa, romana y silenciosamente hacia lo alto, Coco se despierta mientras el sol naciente empieza a filtrarse por la cúpula acristalada, iluminando tímida pero inequívocamente el enésimo golpe de estado.

2.
En la periferia del Centro, el hombre que se ha despertado soñando dobla con cuidado los cartones, los ata con una cuerda y sigue soñando. “La vida es hermosa”, dice en voz alta y no se acuerda de que ayer paseó cuatro veces seguidas sobre el puente Másaltonosepuede, acristalado con barreras de plexiglás antibala y anticabezazo para evitar esas que la telemirón llama “las trágicas muertes voluntarias”  que se retransmiten en directo con un share altísimo, sobre todo a la hora de la comida. Sueña que tiene una casa y un equipo donde puede escuchar a Debussy y a Siniestro, una mujer que no se le ha escapado con el Rey de la Hamburguesa de Petirrojo, sueña que tiene contrato fijo, seguridad social, bibliotecas sociales, y que los espíritus están contentos.

3.
En la periferia del centro, en el duodécimo piso del edificio Cooperativa Ex-Okupa, en cuyo portal el hombre que se ha despertado soñando está doblando cuidadosamente su cartónembalajedefrigorífico alias casa-cama-plegable-para-dormir-donde-sea-con que-no-llueva, Bebox está despierto, escribiendo en su cuaderno con un bolígrafo de punta gruesa que deja un trazo gordo y negro-azulado (el boli es un regalo de su padre, ése que un día se fue y no volvió, que se fue diciéndole que estaba enfermo, que estaba enfermo de sueños inacabados y que cuidase ese boli, que lo mimase y lo recargase con cuidado, y que cada mañana fijase siempre en el cuaderno sus sueños con ese trazo gordo y negruzco, grueso como una cuerda, que los atase con esa cuerda, porque era la única manera para defenderse de la enfermedad). Bebox tiene trece años pero aparenta diez con su cara de niño y esta noche no ha dormido para mirar el alba de un día que por alguna razón se le antoja especial, pero escribe igual porque él nunca sueña cuando duerme, nadie le cuenta historias en sueños. 

Bebox es un pequeño genio pero nadie sabe que su Q.I. llega a las estrellas (él tampoco), como tampoco nadie sabe que Bebox sólo sueña en el baño, cagando (eso él sí lo sabe). 

Bebox sueña solamente en ese rincón del baño y no sabe por qué pero no se lo pregunta, ya se ha acostumbrado a esa voz que le cuenta historias, a ese amigo logorroico y musical (siempre hay una música de trompeta como fondo, por eso el amigo se llama Bix). Y entonces escribe palabras de trazo grueso y negroazulado para atar las historias de Bix, y espera que algún día entre esas historias aparezcan algunas de las que soñó su padre, para atarlas, para que ya no se puedan escapar y quitarle un poco de peso a ese papá que quién sabe por dónde andará. Bebox  escribe y ata historias y sueños porque si sigue atando sueños tal vez su padre se cure. Tal vez se cure y, sobre todo, vuelva. 

Porque Bebox sabe una cosa: que los sueños, esas historias que alguien te cuenta en la cama —o cagando— son muchos, muchísimos, pero no son infinitos, se repiten, a veces se transforman, pero no se crean, según dice la IIIª Ley de la sueñodinámica de su padre, ex catedrático de Deseología y experto en Oniricología antidepresiva: los sueños, eso Bebox lo sabe bien, están allí desde siempre, se reciclan, se repiten, son siempre los mismos. Y si se repiten puede que algún día tope con algún sueño de los que soñó su padre y lo apunte, lo escriba, lo cace para que su papá se cure, para que vuelva. Por eso Bebox está despierto, ahora, porque acaba de salir del baño, donde cagando ha estado mirando el alba y escuchando a Bix que le contaba unas historias, unas historias extrañas eso sí, pero con la misma trompeta desgarrada de siempre como fondo. Y ahora escribe.

Pasa que algo desgarra el Tiempo y ya no estás cuando y donde tendrías que estar, donde están las cosas, porque siempre estás un poco en otro sitio, y no llegas nunca a tiempo. Con nada. Hay un montón de citas, con las emociones, o con las cosas, y tú estás siempre persiguiéndolas, o llegando antes, estúpidamente.
Eso es lo que antes me contaba Bix, el pianista, en el baño, mientras yo cagaba. A veces Bix es un poco extraño. Yo escribo todo lo que me cuenta, como si me lo dictara, aunque no lo entienda. Pero me huele que, de alguna manera, Bix siempre me cuenta lo mismo, aunque ahora que lo pienso, siempre es diferente: son historias. Bix me cuenta historias y siempre son bonitas o tristes, y siempre mientras yo miro fuera de la ventana del baño, sentado e indefenso. Y hoy Bix me contó lo que ocurría en una mañana como esta, en el Centro, mientras toda la ciudad dormía, debajo de una cúpula de cristal donde un enorme monstruo de cincuenta brazos y cincuenta piernas se movía disimuladamente...

Aporrean la puerta. Bebox se levanta preguntándose quién puede ser a las cinco y media de la mañana. Piensa en su padre, y el corazón empieza a latirle fuerte. El papá catedrático, carpintero-diletante y juguetón, ojalá, papá, volveremos a meternos en la bañera, nuestro barco pirata, y viajaremos otra vez a La Escondida, a ver a Mamá Bonga y a Manja, que se me prometió la última vez que estuvimos ahí comiendo esas setas pintas tan buenas con el Viejo Capitán que ya no vuelve porque Abuela Bonga le trata muy bien y a lo mejor acabarán casándose...

En la puerta hay dos señores trajeados y detrás dos enormes batiblancos con los brazos peludos, parecen enfermeros. Quieren que Bebox vaya con ellos: la Unidad InforMirona ha detectado unos síntomas peligrosos. Sólo se tratará de una sencilla revisión en el hospital militar —dicen serios pero tajantes— cosa de un par de horas, luego podrás volver a casa. Ha habido varios casos en la ciudad, cosas de sueños. Bebox no entiende, el señor es antipático pero le gusta eso de la Unidad InforMirona y del Hospital Militar, suena todo tan a aventura, a barco pirata y a Mamá Bonga y el Viejo Capitán. Suena tanto a papá. Bebox piensa en su papá y se acuerda de que no ha escrito todavía lo que le ha contado Bix y que por favor ¿puedo llevarme mi cuaderno de los deberes? (Bebox también sabe mentir muy bien)

—¡Date prisa, mocoso!

……………………………………

El hombre que se despertó soñando mira desde su escondite (un enorme cubo de basura detrás del que se escondió al ver los milicos de la Brigada Musolón 1º llegar con la furgoneta al Edificio Ex-Ocupa) los cinco hombres que salen del portal. Reconoce a Bebox y se estremece. “Él también está enfermo”, piensa. “Y ellos lo saben.”

En ese mismo momento, de unos altavoces escondidos en las farolas, el General Franco Musolón comienza su primera y agramatical arenga a la Ciudad (su familia lleva casi un siglo en España y posee un vocabulario básico de dos mil palabras, no conocen los acentos, odian los subjuntivos —suenan demasiado a sub-oficial y subordinado— y la b y la v le dan igual): “Compartiotas, tocamos diana en esta clara mañana para que sepais de que Niuespaña ha nacido nueba (como dice el mismo nome). Asi que todos en la Plaza Grande a homenajear a mi, y al quien falte, hostias calabozo tortura picana submarino seco y mojado, falanga, colillas encendidas en los genitales y otras cositas que yo me sé”. (En esta última parte de frase —con la que cerraba siempre sus discursos— nunca cometía errores.)

Así empezó todo.

8 Jun 2012

El mundo del revés



Descubro hoy, porque hoy uno es así (hoy... somos así) que me gusta estar cabeza abajo. Como cuando era niño y me colgaba de la rama de la higuera gigante en la que habíamos montado la casita mi primo y yo (os lo juro, nunca habéis visto una higuera así de grande): la rama encajando perfectamente en mis corvas y yo con los brazos tendidos hacia el suelo, la camiseta cayéndose, dejando al descubierto el ombligo y arrugándoseme en el cuello, el cielo a mis pies y un suelo de hierbas y margarititas por cielo. 

Hoy, pues, me dicen que si voy del revés, cambiaré el mundo. Yo me vuelvo niño un rato, me cuelgo —o me descuelgo— y aquí estoy. 

Veo el mundo del revés, y mira tú, me gusta (esto, me digo, hay que hacerlo más veces: le reconcilia a uno con el las cosas. Así dejo los porros, el yoga, la meditación y el sexo. No, el sexo no. Bueno, la meditación tampoco.) Me gusta ver que tengo el cielo a mis pies y que mi cielo de ahora es verde esperanza y lleno de florecitas. La gente pasa y esas comisuras que antes veía caer hacia el suelo ahora suben hacia el cielo en una inequívoca sonrisa. El sur del mundo ha pasado a ser el norte. Los bancos dan dinero a los necesitados y sus directores lo dejan todo para ir a hacer voluntariado a EEUU (en el Sur, en el Sur) ayudando a desmantelar bases militares para reconvertirlas en comunas bio-ecosostenibles. Ángela Merkel es atractiva y se ha enamorado de un minero griego. Rajoy ha salido por fin del armario y ha nacionalizado Telefónica, Repsol y el Parlamento. Monsanto hace agricultura ecológica biodinámica. Leonard Cohen canta canciones alegres. Ray Bradbury no ha muerto. Cortázar sí, pero se ha reencarnado en mí. Yo soy un escritor de éxito. Ella me ama. 

Esto de ver el mundo al revés necesita cierto entrenamiento. Leer páginas web, por ejemplo, aún me resulta difícil: no controlo bien el scrolling y me lío. Y como se me sube (¿o se me baja?) un poco la sangre a la cabeza con este descuelgue que llevo hoy, me doblo hacia arriba para echarle un vistazo a la paginita ésa que me ha hecho ponerme del revés. Y lo que veo es esto:


Apago todo a capón. Cierro los ojos y vuelvo a descolgarme hacia el suelo/cielo. Abro los ojos:

y veo el mundo del revés, y mira tú, me gusta (esto, me digo, hay que hacerlo más veces: le reconcilia a uno con el mundo. Así dejo los porros, el yoga, la meditación y el sexo. No, el sexo no. Bueno, la meditación tampoco.) Me gusta ver que tengo el cielo a mis pies y que mi cielo de ahora es verde esperanza y lleno de florecitas. La gente pasa y esas comisuras que antes caían hacia el suelo ahora suben hacia el cielo en una inequívoca sonrisa. El sur del mundo ha pasado a ser el norte. Los bancos dan dinero a los necesitados y sus directores lo dejan todo para ir a hacer voluntariado a EEUU (en el Sur, en el Sur) ayudando a desmantelar bases militares para reconvertirlas en comunas bio-ecosostenibles. Ángela Merkel es atractiva y se ha enamorado de un minero griego. Rajoy ha salido por fin del armario y ha nacionalizado Telefónica, Repsol y el Parlamento. Monsanto hace agricultura ecológica biodinámica. Leonard Cohen canta canciones alegres. Ray Bradbury no ha muerto. Cortázar sí, pero se ha reencarnado en mí. Yo soy un escritor de éxito. Ella me ama....




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a posteriori:

SOMOS. Un palíndromo: se lee del revés, sí. Pero curiosamente, lo que se lee... es lo mismo. 


5 Jun 2012

Postales #007: Tozudos Orfeos



Querida Cecilia

Hoy abrí la caja en la que había metido todas nuestras fotos. Por primera vez desde que te fuiste. Y me encontré esta postal. Sé que te acuerdas. Yo, el primero por la derecha, y tú, la primera por la izquierda. Nos la sacaron en la fiesta de fin de curso de tercero. No sirvió de nada que nos mantuvieran alejados en clase, como lo hicieron aquí. Como tampoco sirvió que lo intentara tu padre más tarde. Fuimos tozudos, tú y yo. «Nos amamos contracorriente», decía yo. «El amor en los tiempos de la cólera» (la de tu padre) decías tú.
Y sin embargo, al final el descanso que buscaste en esas pastillas, yéndote de entre mis manos como un hilillo de agua, te volvió a colocar a la izquierda en la foto de mi existencia.
Pero yo soy tozudo. Aquí me aburro sin ti, y voy a rescatarte.
Voy a llegar yo antes de que llegue esta postal. Salgo ahora.

Tuyo contracorriente, Max

Destinatario: Cecilia Valdepeñas Moreno
Dirección: Cementerio de la Almudena, Sección T, pasillo 133, nicho 8, Madrid
Fecha: Madrid, 29 de diciembre de 1987


NB: postal devuelta por cambio de domicilio








4 Jun 2012

Postales #006: De ventanas (con y sin barrotes)



Destinatario: Francisco Ocaña
Dirección: Centro Penitenciario Madrid-II, Alcalá-Meco Km. 4,5, 28870 Alcalá de Henares


Sin fecha (fecha de Correos 03/10/11)

Hola Fran,
Esta foto la sacaste tú, en Coimbra, y ahora me recuerda a ti cuando me mirabas desde la ventana cada mañana, al salir yo al trabajo.
Llevo ya cuatro años sin verte en esa ventana.
Estoy embarazada de tu hermano y me he ido a vivir con él. No te puedo esperar otros ocho años.
Tu mujer.

(firma ilegible)